Que le quiten a mi madre el WhatsApp

front-1393846082939.flat

Que le quiten a mi madre el WhatsApp. Pero que alguien se lo quite ahora. Que no espere ni un minuto.

Quiero recuperarla. Quiero volver a hablar con mi madre cara a cara. Y quiero que me vuelva a escuchar cuando voy a comer a casa.

Suplico, ruego, pido a los señores del WhatsApp que le eliminen la cuenta.

A Movistar que le anule la línea.

A Dios/Alá/Karma/Destino (aquí que cada uno escoja lo que más le guste) que le roben el móvil.

Porque la historia empezó hace ya siete meses.

Bendito el día que mi madre decidió hacerse con el móvil “moderno”. Aka un móvil con pantalla táctil y acceso a internet: un smartphone.

Bendito el día que fue a la tienda más próxima de Movistar y pidió “una cuota al mes que sea pequeña y que me lo cubra todo”. Aka una tarifa de datos.

Y la señorita de Movistar, amablemente, le vendió a mi madre un Bq con una tarifa de datos. Que, en boca de mi madre, “si juntamos con lo del internet de casa y el fijo se me queda en nada”.

Tan en “nada” se quedaba que mi madre desconfió. Porque eso de que con nueve euros puedas chatear todo lo que quieras no entraba en su cerebro del siglo XX.

El primer mes con WhatsApp fue muy cauta. A penas lo abría y respondía a las preguntas con monosílabos. “Si escribo más igual me cobran”, sentenció.

Bendita la hora en la que le conté a mi madre la verdad y nada más que la verdad. Le dije que WhatsApp no cobra por palabras, ni caracteres. Le dije “mamá, si la señorita de Movistar te dijo que son nueve euros al mes, son nueve euros al mes”.

Al segundo mes, con la primera factura ya en la mano, mi madre se confió. Empezó a agregar contactos, a pedir clases particulares no remuneradas y a ponerse al día para estar en línea.

Y sí, se puso en línea. Y no volvió a estar offline.

Ya no hablo con mi madre en persona. En serio. Los temas más trascendentales de los últimos meses (niño con superpoderes, ira incontrolada hacia alguien de mi entorno y otras tres o cuatro cosas más) los he tratado con ella a través de una pantalla de smartphone. Porque sólo entonces tengo la absoluta certeza de que mi madre me “escucha”.

Ya no me ayuda en el Ikea. Antes era una apasionada de meterse en cualquier tema de decoración, de buscar una ganga en la sección “Orden en casa”. Ahora me deja sola buscando un separador para el tocador Malm. Me espera en un rincón, entre cortinas y paneles japoneses, desgastando las huellas digitales en un chateo continuo.

Tan en serio va lo suyo con WhatsApp, que mi madre tiene su propio vocabulario para la mensajería instantánea.

-Mamá, ya estoy en casa.

-Vale hija, GAD.

“GAD” (así en mayúsculas y todo junto) significa “gracias a Dios”.

-Mamá, ¿cuándo vas a la pelu?

-Mañana SDQ

“SDQ” (así en mayúsculas y todo junto) significa “si Dios quiere”.

Cada vez que recibo una notificación de un mensaje de mi madre sudo en frío y tiemblo. Tiemblo mucho. Puede ser cualquier cosa. Desde un meme de Julio Iglesias con “Te gusta como cocino, y lo sabes” hasta una cadena para que tengas buena suerte en el amor (mi madre lleva treinta y ocho años felizmente casada).

El otro día, en la sala de espera de la ginecóloga, abrí un mensaje de mi madre y resultó ser un vídeo muy amoroso. Empezó a sonar la canción “O tú o ninguna” de Luis Miguel y aparecieron frases en plan “te quiero más que a mi vida”.

Sobra decir que las dos embarazadas que me flanqueaban me miraron con una sonrisilla de “mírala, que enamorada la pobre”. “Es mi madre”, me excusé.

No coló.

El tema parecía haber tocado fondo el día que me envió un selfie en la cocina, acompañado del mensaje “mira, ya sé sacar fotos a la cara”.

Pero no. Lo peor estaba por llegar.

Ahora mi madre ha descubierto los iconos. “¿Los dibujinos también son gratis?”, me preguntó. Confieso ahora y aquí que estuve a punto de mentir. Porque ya sabía lo que se me venía encima. Pero dije la verdad porque, al fin y al cabo, ella me ha cambiado los pañales cagados (literal y metafóricamente) desde que nací.

Así que dije la palabra mágica: gratis. Y empezó la auténtica revolución.

“Estoy en clase de baile” (flamenquita, flamenquita).

“No me riñas” (icono con lagrimita, icono con lagrimita).

“Sales muy pronto” (dedito arriba, dedito arriba).

El otro día me preguntó para qué sirve ese micrófono que está al lado del teclado.

Le dije que no lo sabía.

Vuelta al cole (por Sofía Gutiérrez)

No ha sido un buen verano para “De lo que no está escrito”. Aquí la menda abandonó un poco sus obligaciones como bloguera. Pero estamos con la vuelta al cole y ¿Qué mejor forma de retomar actividad que con una colaboración bien chula?

El texto de hoy lo ha escrito Sofía Gutiérrez. Periodista, mamá y amiga de una servidora.

Habla de muchas cosas. Principalmente, de conciliación, de igualdad y de prejuicios.

Que ustedes lo disfruten

blog1

Siempre he creído que septiembre es el mes de comenzar proyectos nuevos, de volver a empezar. No es enero, no. Es septiembre. Y aquí estamos, un septiembre más, afrontando la Vuelta al Cole. Vuelta al trabajo, a la rutina, a los retos de hacer ejercicio, estudiar idiomas y sacar tiempo para disfrutar de una caña con amigos o un paseo bajo la lluvia. Este tipo de objetivos han llenado mis septiembres durante años. Pero ahora, con un bebé de dos años en casa, todo es distinto, ¿o no? La Vuelta al Cole llega cargada de cosas que comprar, ropa para la Escuela infantil que preparar y marcar y nervios por el tan temido periodo de adaptación. Y llega también, ¿por qué no decirlo?, repleta de conversaciones con apariencia de banales pero que no lo son. Me niego a que lo sean.

Seguir leyendo

Exigente

DSCN4906

Exigente. El amor de verdad, ese que es profundo y te enciende la sangre, es exigente. Pasa en el amor romántico y en el filial. El nivel de exigencia se dispara hasta límites insospechados en el caso del “amor de madre”, ese que no hace falta tatuarse para saber que siempre está. Y, aunque no me creáis, es aún más exigente cuando eres una mamá de acogida.

Seguir leyendo