Héroes nuestros

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Son héroes. Pero nosotros ya lo sabíamos.

Y no sólo los miembros de la Brigada de Salvamento Minero.

De niña mis héroes eran mi padre y mis abuelos, mineros. Por extensión, aprendí a honrar y a respetar la profesión desde muy pequeña. Un honor y un respeto que no había visto, hasta ahora, fuera de las Cuencas mineras. Ni siquiera en la propia región de Asturias.

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Y en 2018…

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Y en  2018…

Viví, viví mucho. Pero, aún así, tuve tiempo para pensar de más.

Descubrí que “lo primero es la salud” es la verdad más absoluta del mundo.

Sufrí, lloré y bailé descalza. Y no es un dicho clonado de Pinterest: bailé descalza un día que me apretaron los zapatos.

Reí, me reí como hacía años que no me reía. Y como ríen los que tienen el alma inocente: por una palabra mal pronunciada, por un “va un caracol y derrapa”, por una imitación endeble.

Descubrí que la alegría, si la buscas, por ahí anda siempre. En una tienda vintage de Bilbao, en la sororidad de unos labios pintados de rojo en Burdeos y en una habitación mínima y sin vistas de Angulema.

Y otra vez, los abrazos de los reencuentros, un beso por Skype y cuentas atrás que tienen recompensa.

Leí un libro aburrido y conté decenas de historias bonitas. El otro día, el protagonista de una de ellas me deseó felices fiestas: “Gracias por todo lo que hiciste por nosotros”, me escribió. Y eso valió todo. Cada desvelo, cada tarde larga y todas las prisas.

Abracé mucho, y me abrazaron. Y quise como hay que querer, con el alma abierta y por encima de las posibilidades de cualquiera.

Y así, este año, reiteré que el amor vuelve el mundo redondo. Todo lo calma, todo lo alumbra, todo lo responde. Por eso el amor, aunque no sea de ida y vuelta, nunca se escatima.

Dije “adiós” dos veces. Y un “hola” que vale para una vida entera.

Pensé que éste había sido una año de mierda, hasta que escribí y supe que no le cambio ni una letra.

Adiós, 2018. Gracias.

Unos zapatos blancos

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Cuando tenía 17 años pasé un verano en Londres. Fue la primera vez que estuve lejos de mi familia, de mis amigos y de mi pueblo.

Recuerdo que una mañana fui a “Topshop”, que a mí me parecía lo más elegante del mundo, y que me compré unos zapatos blancos y unos shorts vaqueros. Eran las típicas prendas para las que un pueblo asturiano de 500 habitantes, hace 15 años, no estaba preparado.

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