Todo sobre mi padre

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J. R. Silveira

 

El primer recuerdo que tengo de mi padre es que siempre tenía una raya negra pintada debajo de los ojos.

-¿Papa, te pintaste?

Y entonces, él me cogía en brazos y me decía que era negro del carbón de “la mina”.

“La mina”. Yo me la imaginaba como una cueva de “Alibaba y los 40 ladrones”, que había en el dibujo de un libro gordo con una colección de cuentos. Era el juguete que más me gustaba.

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Nunca me pegaron

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Nunca me pegaron.

Pero me dijeron que estaría mucho más guapa con cinco kilos menos. Los días que me despierto tarde y no me maquillo, hay alguna vecina preocupada por si estoy mala: “Tienes muchas ojeras”. También hay almas caritativas dispuestas a recomendarme que me calce tacones, que soy muy pequeña para ir siempre en plano. He escuchado comentarios sobre mis tetas desde que soy adolescente. Un hombre de cincuenta años, me preguntó por qué fumaba: “Yo a una fumadora no dejo ni que me la chupe”, me espetó.

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No son el enemigo

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No son el enemigo.

Ni los parados, ni los inmigrantes, ni los desahuciados.

No son el enemigo, por muchos que narren en Facebook la historia de un marroquí que cobra 4.000 euros (sin definir dónde, cómo, ni por qué), por mucho que una farmacéutica nos cuente las muchas medicinas que se regalan a los rumanos (sin definir dónde, cómo, ni por qué).

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Felices 11… y 7 deseos

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  1. Que sigas sonriendo tanto. Que el cóctel de hormonas que ya se está agitando no te convierta nunca, jamás, en un chaval prepotente y quejoso. Que seas TÚ, así en mayúsculas. Porque eres perfecto.

    Que sigas creyendo en la bondad, en la magia, admirando los defectos y reconociendo que las peculiaridades de cada uno nos hacen especiales. Que pases de los superficiales, que te agarres a manos sinceras. Que cantes siempre, que nada ni nadie te quite las ganas de bailarle a los sueños.

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