Nunca me pegaron

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Nunca me pegaron.

Pero me dijeron que estaría mucho más guapa con cinco kilos menos. Los días que me despierto tarde y no me maquillo, hay alguna vecina preocupada por si estoy mala: “Tienes muchas ojeras”. También hay almas caritativas dispuestas a recomendarme que me calce tacones, que soy muy pequeña para ir siempre en plano. He escuchado comentarios sobre mis tetas desde que soy adolescente. Un hombre de cincuenta años, me preguntó por qué fumaba: “Yo a una fumadora no dejo ni que me la chupe”, me espetó.

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No soy racista, pero…

¿No eres racista, pero…?

“No soy racista, pero…

A ver, tú a este niño que traes… Que lo veo muy bien ¿eh? Pero ¿no había niños de aquí? Es que yo prefiero que las cosas nuestras se queden aquí, en España. Que para eso somos españoles. Así nos va la cosa, venga a dar y a dar a los de fuera. Pero bueno, no te juzgo, luego cada cual…

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¡Qué guapo es! Y qué rubio… ¿De dónde es? Ah, Bielorrusia. Bueno, ¿Rusia, no? Qué niño ruso tan guapo. ¿Y habla español? Bueno claro, la necesidad, ¿sabes? Estos niños aprenden más rápido que los que son de aquí. Y seguro que sabe buscarse la vida mejor. Este si no le das un euro ya encontrará la manera de sacarlo de alguna parte. 

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Nos necesitamos todas

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Nos necesitamos todas. Todas, sin excepción. No nos puede faltar ni una más.

Porque si no somos todas, no podemos dar la vuelta a un mundo que se escribe, se vive y se siente en masculino. Con techos de cristal que parecen plomo.

¿No los ves?

Seguro que a ti también te ha pasado. Estás en la oficina/redacción/taller/almacén (o lo que sea) donde trabajas y entra un hombre. En ese momento estás tú sola.

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Cerdos

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Cerdos, degenerados, asquerosos, criminales y… Mucho más. 

Integrantes de los chats “Manada”, “Veranito” y “Peligro”… Y sólo dios sabe cuántos chats y “Manada”, “Veranito” y “Peligro” más.

Seres no humanos capaces de drogar a una mujer, sobarla hasta los intestinos, abandonarla en medio de la nada.

Capaces de violar entre cinco a una en San Fermín . Y, los otros, dispuestos a reír la gracia.

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No te mueres, te mata

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No te mueres, te mata.

Sí, ese chico tan majo que conociste un día que no esperabas conocer a nadie. Ese que te dijo que eras la mujer más guapa que había visto en su vida. Y ese que te hizo confiar en todo lo que tú no confiabas. El que te hizo olvidar la pena, te besó como nadie te besaba.

Te mata con abrazos que tienen impuestos, aunque tú no los pagues ahora. Con un susurro que grita “no es que tú valgas, es que yo te hago valer”. La mano que te agarra, pero con condiciones.

“Estaré aquí siempre”, te dice. El eco en la habitación, ese que tú no escuchas, responde “pero tú serás mía”.

Te mató un poco hace dos años, esa noche que no te dejó salir con tus amigas. Y eso sí te sentó fatal, y tú se lo dijiste. Porque, en tu relación, las cosas se hablaban.

Pero él te lloró que sin ti no era nada, que no podía seguir si no estabas. Y tú callaste.

Le dejaste vigilar tu armario, porque él no quería que nadie viese más de la cuenta. “Que todo lo que hay en ti es mío”, te dijo.

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Porque eso pensaste tú que era el amor. Que él no pueda vivir sin ti. Y que te lo diga. Y que amenace con matarse si le dejas.

¿Cómo iba a hacerte daño a propósito? Si te quería más que a su vida.

Pero hace tres meses te lo hizo. Cuando te vio frente al espejo tapando el ojo morado, lloró y pidió perdón. Y tu tapaste con corrector las heridas del alma. Porque vomitaste lo que pasaba, más que digerirlo.

Y le abrazaste, y le prometiste que no le volverías a enfadar. Ya no tanto por amor, como hiciste tras el primer golpe, como por miedo.

Porque llevas semanas con el estómago encogido, pensando en qué será lo próximo que le hará enfadar.

Y haces todo bien, pero nada está perfecto. Siempre hay algo mal.

Y todo estalla.

Como el otro viernes, cuando llegó a casa tan borracho que se enfadó porque estabas despierta. Y te zarandeó, y te tiró de la cama. Y tú lloraste toda la noche en el sofá.

Estás sola, eso piensas tú. Pero no es verdad.

Vístete y abre la puerta. Llama a una de esas amigas que hace dos años que no ves, desde esa noche que él no te dejó salir. Grítale lo que te pasa, pide ayuda.

Tus padres lo vieron venir. Pero no tengas miedo, nunca te lo repetirán. Tú sólo vete a casa y diles que vuelves.

Denúncialo. Cuéntalo sin miedo. Y si te ponen un estigma, lúcelo con orgullo. Valiente, que viviste.

No eres tú, es él.

No te mueres, te mata.

 

 

Mi nuevo blog: deloquenoestaescrito.com

Que le quiten a mi madre el WhatsApp

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Que le quiten a mi madre el WhatsApp. Pero que alguien se lo quite ahora. Que no espere ni un minuto.

Quiero recuperarla. Quiero volver a hablar con mi madre cara a cara. Y quiero que me vuelva a escuchar cuando voy a comer a casa.

Suplico, ruego, pido a los señores del WhatsApp que le eliminen la cuenta.

A Movistar que le anule la línea.

A Dios/Alá/Karma/Destino (aquí que cada uno escoja lo que más le guste) que le roben el móvil.

Porque la historia empezó hace ya siete meses.

Bendito el día que mi madre decidió hacerse con el móvil “moderno”. Aka un móvil con pantalla táctil y acceso a internet: un smartphone.

Bendito el día que fue a la tienda más próxima de Movistar y pidió “una cuota al mes que sea pequeña y que me lo cubra todo”. Aka una tarifa de datos.

Y la señorita de Movistar, amablemente, le vendió a mi madre un Bq con una tarifa de datos. Que, en boca de mi madre, “si juntamos con lo del internet de casa y el fijo se me queda en nada”.

Tan en “nada” se quedaba que mi madre desconfió. Porque eso de que con nueve euros puedas chatear todo lo que quieras no entraba en su cerebro del siglo XX.

El primer mes con WhatsApp fue muy cauta. A penas lo abría y respondía a las preguntas con monosílabos. “Si escribo más igual me cobran”, sentenció.

Bendita la hora en la que le conté a mi madre la verdad y nada más que la verdad. Le dije que WhatsApp no cobra por palabras, ni caracteres. Le dije “mamá, si la señorita de Movistar te dijo que son nueve euros al mes, son nueve euros al mes”.

Al segundo mes, con la primera factura ya en la mano, mi madre se confió. Empezó a agregar contactos, a pedir clases particulares no remuneradas y a ponerse al día para estar en línea.

Y sí, se puso en línea. Y no volvió a estar offline.

Ya no hablo con mi madre en persona. En serio. Los temas más trascendentales de los últimos meses (niño con superpoderes, ira incontrolada hacia alguien de mi entorno y otras tres o cuatro cosas más) los he tratado con ella a través de una pantalla de smartphone. Porque sólo entonces tengo la absoluta certeza de que mi madre me “escucha”.

Ya no me ayuda en el Ikea. Antes era una apasionada de meterse en cualquier tema de decoración, de buscar una ganga en la sección “Orden en casa”. Ahora me deja sola buscando un separador para el tocador Malm. Me espera en un rincón, entre cortinas y paneles japoneses, desgastando las huellas digitales en un chateo continuo.

Tan en serio va lo suyo con WhatsApp, que mi madre tiene su propio vocabulario para la mensajería instantánea.

-Mamá, ya estoy en casa.

-Vale hija, GAD.

“GAD” (así en mayúsculas y todo junto) significa “gracias a Dios”.

-Mamá, ¿cuándo vas a la pelu?

-Mañana SDQ

“SDQ” (así en mayúsculas y todo junto) significa “si Dios quiere”.

Cada vez que recibo una notificación de un mensaje de mi madre sudo en frío y tiemblo. Tiemblo mucho. Puede ser cualquier cosa. Desde un meme de Julio Iglesias con “Te gusta como cocino, y lo sabes” hasta una cadena para que tengas buena suerte en el amor (mi madre lleva treinta y ocho años felizmente casada).

El otro día, en la sala de espera de la ginecóloga, abrí un mensaje de mi madre y resultó ser un vídeo muy amoroso. Empezó a sonar la canción “O tú o ninguna” de Luis Miguel y aparecieron frases en plan “te quiero más que a mi vida”.

Sobra decir que las dos embarazadas que me flanqueaban me miraron con una sonrisilla de “mírala, que enamorada la pobre”. “Es mi madre”, me excusé.

No coló.

El tema parecía haber tocado fondo el día que me envió un selfie en la cocina, acompañado del mensaje “mira, ya sé sacar fotos a la cara”.

Pero no. Lo peor estaba por llegar.

Ahora mi madre ha descubierto los iconos. “¿Los dibujinos también son gratis?”, me preguntó. Confieso ahora y aquí que estuve a punto de mentir. Porque ya sabía lo que se me venía encima. Pero dije la verdad porque, al fin y al cabo, ella me ha cambiado los pañales cagados (literal y metafóricamente) desde que nací.

Así que dije la palabra mágica: gratis. Y empezó la auténtica revolución.

“Estoy en clase de baile” (flamenquita, flamenquita).

“No me riñas” (icono con lagrimita, icono con lagrimita).

“Sales muy pronto” (dedito arriba, dedito arriba).

El otro día me preguntó para qué sirve ese micrófono que está al lado del teclado.

Le dije que no lo sabía.