Unos zapatos blancos

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Cuando tenía 17 años pasé un verano en Londres. Fue la primera vez que estuve lejos de mi familia, de mis amigos y de mi pueblo.

Recuerdo que una mañana fui a “Topshop”, que a mí me parecía lo más elegante del mundo, y que me compré unos zapatos blancos y unos shorts vaqueros. Eran las típicas prendas para las que un pueblo asturiano de 500 habitantes, hace 15 años, no estaba preparado.

Estrené los zapatos de tacón y el short aquella tarde. Vivía en Crystal Palace, un barrio a unos 12 kilómetros del centro. Yo siempre iba caminando a la casa de una italiana, Angelica, que hacía unos brownies muy ricos.

Acababa de salir de casa cuando una furgoneta blanca redujo la velocidad para ir a la par conmigo. Bajaron la ventanilla y vi que iban dos hombres dentro. Ingleses, estaban borrachos.

-Española, bonita española.

Me gritaron y yo sonreí, con todo lo cándida que era yo. Pero siguieron, siguieron y siguieron. No sé si durante 20 o 200 metros, porque se me hicieron eternos. No los entendía bien, sólo palabras sueltas: “boobies”, “fuck”, “horny”.

Sólo alcancé a decir “shut up”. Tenía 17 años, estaba en un país extranjero por primera vez en mi vida, no entendía casi nada de lo que decían y tenía miedo.

Tenía miedo, sí. Y nunca olvidaré la expresión de uno de ellos cuando se dio cuenta: ladeó la cabeza, guiñó un ojo y se rió fuerte. La furgoneta se adelantó un poco y luego frenó.

Creo que fue uno de los momentos más aterradores de mi vida. Recuerdo que di media vuelta y empecé a correr. Uno de ellos, aunque no miré atrás lo sé seguro, se apeó de la furgoneta. Se me rompió un tacón y caí al suelo. Otra vez la carcajada.

Recuerdo ese momento en el suelo como uno de los más aterradores de mi vida. Tenía el corazón latiéndome y grité. No dije nada, sólo un grito para que alguien se acercara.

Es curioso como reacciona la mente (al menos, la mía) en momentos de auténtico terror. Pensé que si aquellos hombres me mataban y me dejaban irreconocible, nadie podría saber que era yo porque aquellos zapatos blancos eran nuevos y nadie me los había visto jamás.

Nadie se acercó a mi grito, pero ellos se fueron. No sé cuánto tiempo estuve sentada en aquella acera, sola y llorando. Pero si sé que, de vuelta a casa, llevaba los tacones en la mano. Y también que me invadió una sensación horrible de culpa: efectivamente, pensé yo, aquella ropa no era apropiada. Evidentemente, pensé también, mi padre tenía razón cuando me advirtió de que no saliera sola nunca. Ni qué decir tiene que lamenté terriblemente haber sonreído al primer comentario.

Cuando llegué a casa tiré aquellos zapatos, y también enterré la historia. Al fin y al cabo, me convencí, había reaccionado como una niña. Seguro que aquellos “buenos” hombres sólo estaban de broma.

Tardé mucho tiempo en contárselo a mi madre. Mucho más en compartir la historia con amigas. Lo que más me sorprendió es que todas las mujeres, absolutamente todas a las que se lo conté, me respondieron con un episodio similar que habían sufrido. Algunos más violentos, otros menos. Pero todos desagradables.

No, nadie dice que todos los hombres sean iguales. Ni mucho menos que todos los hombres sean capaces de violar, maltratar o matar a una mujer.

Pero algo va mal cuando unos hombres de cuarenta años sienten auténtico placer por asustar a una niña de 17. Algo está torcido cuando todas las mujeres han sufrido un momento de terror, al menos uno, en su vida.

Y algo está realmente mal en una sociedad en la que una chica sale de casa a las cuatro de la tarde, para ir a correr y para disfrutar de su vida, y un puta mierda la mata.

Todas somos ella, sí. Desgraciadamente, y también con orgullo, todas somos ella.

Descansa en paz, Laura.

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