El niño de los zapatos

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El niño de los zapatos. El niño sirio ahogado en una playa de Turquía llevaba zapatos.

Y como llevaba zapatos, lo que está pasando no es tan grave.

“Al menos ese niño lleva zapatos, algunos españoles no los tienen”. Este comentario lo leí yo con mis propios ojos hace unos días en Facebook. No está sacado de contexto.

No busquéis, ya no está.

Alguien le dijo a la autora de esa afirmación, poesía pura, que sus palabras dañaban los ojos de Satán.

Y lo borró.

Gracias.

El niño ahogado en una playa de Turquía llevaba zapatos. Yo no había caido en la cuenta. Porque, cuando vi la imagen (sí, esa que se ha compartido tanto que la presunta solidaridad ya ha alcanzado al morbo), me quedé con el todo. Con la atrocidad que estaban viendo mis ojos y con todo lo que la imagen significaba. No tuve tiempo ni fuerzas para apreciar los pequeños detalles.

Hay que ser poco humano para fijarse en la vestimenta de un niño que ya no va a respirar nunca más. Y menos humano, aún, cuando la imagen de ese niño representa el drama que están viviendo a diario millones de personas.

Refugiados. Familias que dejan su hogar para escapar de la muerte.

El niño ahogado en una playa de Turquía llevaba zapatos. Seguramente los llevaba porque alguien se los ató. Quizás su madre, que murió cerca de él. Quizás se los puso porque eran los mejores que tenía. Y quería que los zapatos llegaran enteros al destino.

Llegaron los zapatos.

No llegó el niño. No llegó la madre.

El comentario sobre el niño y los zapatos es atroz. Pero, al menos, es honesto.

Porque sólo hay algo peor que la falta de humanidad: la falta de humanidad disfrazada de solidaridad.

Y de eso sabemos mucho.

Estos días me he atado las manos. Lo prometo. He intentado no escribir esto para no herir sensibilidades. Pero este año (sí, el año empieza en septiembre) voy a decir la verdad.

Compartir la imagen de un niño muerto no os hace solidarios. Os hace morbosos, os da “me gustas” y os hace felices. No os hace solidarios.

Me he contenido antes de escribir en muchos muros, algunos de personas muy cercanas a mí.

Se da el caso de que, hace unos meses, escribí un post sobre la necesidad de encontrar una familia de acogida para un amigo de Hache, el niño con superpoderes. Sólo pedía a mis contactos que, por favor, lo compartieran. Lo compartieron cinco personas. Cinco personas excelentes, pero nadie más.

Esas personas que ni sienten ni padecen cuando alguien suplica por un niño vivo, ahora se dejan las falanges en compartir la imagen de un niño muerto en Turquía.

Esos que comparten la imagen de un niño muerto en una playa de Turquía, no abrirían la puerta a un sirio que se está desangrando.

El amigo de Hache, el niño con superpoderes, no encontró familia.

Sigue pidiendo ayuda pero, ya lo digo para que nadie se emocione, aún respira.

Y tiene zapatos.

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