Exigente

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Exigente. El amor de verdad, ese que es profundo y te enciende la sangre, es exigente. Pasa en el amor romántico y en el filial. El nivel de exigencia se dispara hasta límites insospechados en el caso del “amor de madre”, ese que no hace falta tatuarse para saber que siempre está. Y, aunque no me creáis, es aún más exigente cuando eres una mamá de acogida.

“Ya lo entenderás”. Me lo decía mi madre durante esa resaca de lágrimas que llega después de una discusión fuerte con tus progenitores. Motivada, casi siempre, por una contestación a gritos, un portazo o un “no me da la gana”.

Poco podía entender yo que una tontería de semejante calibre, salida de la boca de una niña de diez u once años, pudiera activar todas las alarmas de la fortificación que defiende el corazón de una madre.

Sólo ahora comprendo, con Hache en casa, el miedo que debió sentir mi madre al verme llegar a la adolescencia. El temor que la invadía al darse cuenta de que esa niña, con una trenza de raíz que apartaba el pelo de su cara, dejaría pronto de jugar a las muñecas. Al verse convencida de que, tarde o temprano, yo iba a perder esa inocencia y esa espontaneidad que me acompañaron durante mis años de escuela.

No fui una niña modelo y fui una adolescente aún peor.

Era casi imposible decirme que no y las mías hice. Mítica fue aquella semana que decidí, conmigo misma y por voto unánime, que quería tomarme un descanso en el instituto. Así que durante ocho días seguí una rutina peculiar: me levantaba a las ocho, salía por la puerta, cogía el autobús y me dedicaba a “lo mío”.

“Lo mío” era juntarme a la amiga que decidiera acompañarme ese día. Y dar vueltas hasta las dos de la tarde. Volver a coger el autobús y sentarme a la mesa a comer.

El asunto terminó, como no podía ser de otra manera, en tragedia. Mis padres convocaron reuniones urgentes con cada uno de mis profesores y decretaron un plan de vigilancia que aún no se ha visto en ninguna cárcel de máxima seguridad: toque de queda, padre apostado a la puerta del instituto a la hora de entrada, vuelta a casa con sermón de mi madre y control exhaustivo de cada una de mis calificaciones.

Exigente. El amor de madre (también el de padre) es exigente.

La familia también recuerda, ahora con sorna, aquel trimestre de tercero de la ESO que yo decidí (de nuevo conmigo misma y por voto unánime) tomarme como unos meses sabáticos. Fue el segundo trimestre y “dejé” (suspendí) seis asignaturas. Creo que aprobé música, porque le caía muy bien al profesor, y gimnasia, por piedad.

De nuevo decretazo en toda regla. Reunión urgente con tutor (Ernesto Burgos: un gran hombre, mejor historiador e inmenso profesor) y plan de máxima vigilancia activo: toque de queda, padre apostado a la puerta del instituto y madre con mano dura a la hora de los deberes.

Ahora nos lo tomamos a broma. Y, durante años, fue el tema de conversación que mis padres tuvieron como “comodín” cada vez que llevaba a una amiga a casa. También cuando les presenté al hombre mágico.

Una anécdota para contar a los amigos, a todos los que se acercan a casa por primera vez.

Exigente. El amor por un hijo siempre es exigente. Y, gracias a eso, mis devaneos adolescentes ahora son sólo una broma para romper el hielo.

Poco me imaginaba yo, cuando “piraba” porque era guay y me encendía un cigarro a la hora de Lengua, que quince años más tarde iba a estar temblando al pensar que Hache, el niño con superpoderes pueda tener las mismas ocurrencias divinas que yo tuve.

“Pero si aún es un niño”, me dicen cuando comento en voz alta el pavor que me da a mí la edad del pavo.

Sí, es un niño. Un niño de nueve años que crece rápido a la fuerza.

Un niño que crece sin que yo lo vea y al que recibo dos veces al año en el aeropuerto. Con miedo de que un día llegue midiendo 1,80, tenga la cabeza rapada y monstruos en la cabeza.

Este verano, como el amor que siento, está siendo exigente. También un verano de alegrías, de vida y de miedo.

Miedo a que yo no pueda dar ese amor exigente que me dieron a mí, de forma incondicional, mis padres y el heredero. Ese hermano mayor que ejerció de “papá enrollado”. Que me compró mi primera cerveza y me tapó alguna borrachera siempre con la firme amenaza de “a la próxima lo cuento”.

También es el verano del agradecimiento. Un agradecimiento profundo a mis padres que, quince años más tarde, siguen ejerciendo el amor exigente como entonces. Siguen abrazando a Hache como me abrazaban a mí.

“Lo tratáis como si fuera vuestro”, le dijo el otro día una vecina a mi madre.

Y mi madre calló. Porque en los pueblos pequeños hay que callar.

Pero sé que a mi madre le parece un comentario soez. Porque mis padres me educaron para que yo supiera que las personas no son de nadie. Que la familia no es una bien inmueble. Es mucho más.

El amor exigente no entiende de propiedades. No castiga y no atemoriza.

No recuerdo haber sentido miedo en mi adolescencia, ni siquiera cuando me descubrieron en alguna de mis épicas hazañas de juventud.

Sí sentí pena por haber decepcionado a esos que, aunque suene a tópico, me han dado y me dan tanto sin pedirme nada.

Esa pena por la decepción me hizo avanzar, mejorar, ser responsable. El miedo sólo te paraliza, te engulle y te entierra.

Ahora sí siento miedo. Miedo a no ser como son y fueron ellos. Miedo a que mi amor, al fin y al cabo, no sea tan exigente.

2 comentarios en “Exigente

  1. olpesu dijo:

    Reblogueó esto en alleranaolpesuy comentado:
    Carmen , como amiga de tu madre Gran persona.,Me siento mas afortunada de conocer el resultado del buen ejercicio de madre que realizó .Tu eres la muestra , y ademas que me encanta como escribes y sobre lo que escribes .Eres Carmencita Basteiro una gran persona y estoy orgullosa de conocerte .Abrazos ¡¡¡

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