Y Grecia dijo oxi

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Y Grecia dijo oxi.

Stavros era un anciano que atendía el períptero (unos quioscos que están sembrados en cada esquina de Grecia y que venden de todo) al lado de la casa que yo tenía en renta en Ilion, un barrio obrero de Atenas. A Stavros no le caía bien casi nadie, pero yo le gustaba. Tenía un inglés macarrónico, de ese que se habla separando mucho las sílabas: “You look italian, agapi mou”, me dijo el día que me conoció. Le corregí y le dije que era española, y aquello le encantó.

Desde entonces, no perdía oportunidad de regalarme historias. Porque si algo le gustaba a Stavros, y a muchos otros griegos que conocí entonces, eran las historias.

Me contó como sus “partners” habían subido al Partenón y habían retirado una bandera con la cruz gamada. Me dijo que lo vio con sus propios ojos, una afirmación que yo no me creí. Porque a Stavros le gustaba versionar las historias hasta hacerlas suyas. Siempre terminaba, eso sí, con su mantra particular: “No pasarán”.

Y lo decía así, con esa ausencia total de acento que tienen los griegos cuando hablan español.

Llevaba más de seis años sin pensar en Stavros pero, ya ves, hoy no me lo quito de la cabeza.

Sabía que el “oxi” ganaría en Grecia. Y sé que el Eurogrupo se ha equivocado de país para dar escarmientos.

Este experimento de castración política hubiera dado un resultado increíble en esta, nuestra España querida. Porque somos de los que nos acojonamos mucho y nos cagamos vivos cuando nos dicen que llevarle la contraria a Europa es ser un país “atrasado”. Somos de los que creemos en “el progreso”, queremos “vivir bien” y, por supuesto, somos capaces de ofrendar a Merkel con nuestro primogénito si eso nos hace “competitivos”.

Los griegos (generalizando muy por alto, lo sé), se pasan los conceptos “vivir bien”, “progreso” y “competitivos” entre las columnas del pórtico del Partenón.

España, ya lo dijo Rajoy mil veces, no es Grecia.

En Ilion, ese barrio obrero donde tenía alquilada yo una casa y Stavros atendía un períptero, la mayoría de las viviendas tenían dos o tres alturas. Stavros me explicó que en los años que se dibujaban como de prosperidad para Grecia, muchos vecinos decidieron dar una altura a sus viviendas para tener más espacio.

España, efectivamente, no es Grecia. Aquí los curritos nos venimos arriba muy rápido. Y pedimos una hipoteca para pagar un dúplex en cómodos plazos durante ochenta años. Además, ya de paso, engordamos un poco las cifras para amueblar con lo que nos sobre. Y compramos un sofá esquinero de seis mil euros porque España, al fin y al cabo, es competitiva, progresa y aquí se vive bien.

Se vive tan tan bien que vamos con una prisa inmensa a comprar el pan. Y en la cola miramos el iPhone porque nos mata la impaciencia y queremos saber si nos ha llegado ese email que necesitamos para el día siguiente. Hemos copiado muy bien de “los países desarrollados” lo de estresarnos mucho para ser muy “competitivos”. Lo de hacer el trabajo bien aunque nadie nos esté mirando aún no lo manejamos con soltura.

Grecia ha sabido mantener el ritmo de los años setenta. Yo he visto, oído y padecido en primera persona esa forma de ser tan mediterránea.

Recuerdo que un día iba en un autobús rumbo a Glyfada, el barrio de nuevos ricos de Atenas (sí, también los hay) en el que cuidaba a dos niños de madre española. Era la una de la tarde y el conductor frenó en seco. Gritó algo en griego (no entendía yo entonces ni papa) y se largó. La gente empezó a levantarse y a salir.

Yo le pregunté a la mujer que tenía en el asiento de al lado que qué pasaba. Me dijo que era la hora de comer del conductor y que yo, como pasajera del autobús, tenía dos alternativas: coger el metro en la parada de Plaka y llegar a mi destino por mi cuenta o esperar una hora para que el buen señor regresara a su puesto de trabajo y retomara el viaje.

El euro no les gusta a los griegos. Y aquí generalizo porque puedo. Ven en esa moneda un intento de manipulación desde el momento cero. Esa preocupación de la prensa internacional por la posible salida de Grecia del euro, no es nueva. Al menos, en 2007, ya ocupaba titulares en los periódicos helenos.

En la calle no hay preocupación. Stavros, el del períptero, también me lo resumió un día: “¿Qué sentido tiene que los griegos lleven en las manos las mismas monedas que llevan los alemanes?”.

No le respondí. Porque, en realidad, nunca supe si esa pregunta era irónica, retórica, burlona o seria.

Los que han respondido hoy han sido ellos. Y Grecia ha dicho oxi.

Oxi a más recortes, a más precariedad y a que el país siga cayéndose a trozos.

Hace dos años volví a Ilion, esa vez en calidad de turista. El períptero de Stavros estaba cerrado y la persiana estaba rota. Había muchas casas vacías y, las que aún estaban habitadas, ya no lucían la fachada tan blanca.

El Ilion alegre y acogedor que yo conocí en 2007, ya no existía. El nuevo Ilion, por obra y gracia de la crisis, es ahora un barrio decaído y pobre.

Oxi al miedo, porque queda poco que perder.

Ya me lo había dicho Stavros: “No pasarán”.

Y no pasaron.

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