Hijos sin padres, padres sin hijos

 

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No hay explicación posible para un mundo en el que hay millones de hijos sin padres y miles de padres sin hijos.

He sido paciente. He esperado durante meses porque alguno de nuestros políticos, alentado por la época electoral, hiciera alguna promesa, adquiriera algún compromiso o intentara dar aliento a las miles de familias que están en listas de adopción. Si no ya por esos futuros padres, por los millones de niños que esperan ansiosos por un abrazo.

La respuesta ha sido nula. Si googleas las palabras “adopción España” aparece una noticia sobre la Guerra Civil y, a continuación, una información sobre un nuevo plan para actividades en el mar.

Con esa espera infructuosa y esa búsqueda sin resultados he llegado a la conclusión de que las adopciones, además de significar una espera larga y desasosegada para miles de familias, no dan votos.

No sé mucho del mundo de las adopciones, yo sólo soy una damnificada indirecta. No estoy en una lista de adopciones y no quiero adoptar. Pero conozco a varias familias en “dulce espera” y, lo más importante, tengo en acogida a un niño con superpoderes al que se le priva durante ocho meses al año del derecho de formar parte de una familia.

-¿Y tiene padres?

-No.

Este diálogo (de besugos) lo mantengo una media de dos veces al día durante la estancia de Hache. Me sorprende en cualquier lugar y a cualquier hora del día: haciendo cola en el supermercado, bajando las escaleras del portal o en la consulta del pediatra.

La pregunta sólo me molesta cuando va adornada de ese morbo inquieto que recorre las venas de los inquisidores.

Sí me molesta, y mucho, la respuesta. Porque, aún siendo verdad, es sólo una verdad a medias. Lo suyo sería decir “sí, nos tiene a nosotros”.

Pero nosotros no engendramos al niño con superpoderes. Yo no lo parí entre dolores insufribles y tampoco un obstreta me abrió en canal para sacarlo de mi útero. Ningún juez ha dicho (ni dirá, al menos en un futuro próximo) que soy su mamá.

Así que no. El niño con superpoderes no tiene padres.

Sé que el país de origen del niño con superpoderes tiene muy pocos convenios para las adopciones internacionales. Con España no lo tiene. No sé si es culpa de “ellos” o de “nosotros”. Pero sólo sé que al niño con superpoderes le han robado su infancia y sólo tiene nueve años.

Nosotros no podemos devolvérsela. Al menos, no del todo.

Hacemos lo que podemos.

Hache, con nueve años, suspira por una moto eléctrica de las que llevan por la calle los niños de cinco. Se divierte con juguetes de bebé y viene cada mañana a mi cama para estar un rato conmigo cuando el hombre mágico va a trabajar. Se acurruca y se mece como si acabara de soplar su primera vela en una tarta. Ve a “Dora Exploradora” hasta que se le cierran los ojos y llora si le cierras la puerta de su habitación por las noches.

Cicatrices que deja una infancia que llega, irremediablemente, demasiado tarde.

El niño con superpoderes sabe hacer una fiesta cada vez que vamos al supermercado y disfruta poniendo la fruta en la balanza mientras aprieta el botón. Pega el ticket a la bolsa. Te pide por favor que sea él el que pague en la caja, porque nunca ha tenido dinero propio en sus manos.

No, en el lugar en el que ha crecido el niño con superpoderes no hay paga por su cumpleaños ni compras semanales.

A Hache no le gustan los lugares grandes. Se asusta, se siente incómodo, en la montaña y quiere volver a casa enseguida. Hacer un amigo nuevo se convierte en una anécdota que repite hasta la saciedad durante la cena.

Rastros de haber pasado toda su vida en unos cuantos metros cuadrados. Viendo, día a día, las mismas caras y sin contacto con el espacio exterior.

Las reacciones de Hache al descubrir un mundo nuevo son lo más triste y esperanzador que he visto en mi vida.

Triste porque le han robado algo que ya no se puede devolver. Por mucho que nosotros pongamos de nuestra parte, Hache ya no tendrá nunca más cinco años. Ya no podrá subir en la moto eléctrica ni podrá celebrar los cumpleaños que se ha perdido hasta ahora.

Esperanzador porque no todos tienen una segunda oportunidad y sé que la vida de Hache ha cambiado mucho en el último año. Ahora, al menos, puede decir que tiene una casa en España. Las puertas estarán siempre, pase lo que pase, abiertas para él. Seremos su familia siempre que él quiera.

El niño con superpoderes es uno de esos millones de niños que esperan por una familia en una lista de adopciones. Podemos recibir en cualquier momento la noticia agridulce de que Hache ha encontrado, al fin, una familia para siempre.

Yo lloraría su pérdida. Pero guardaría las fuerzas necesarias para desear que todo fuera bien. Que el niño con superpoderes sea siempre feliz, que consiga sus sueños y que nada lo dañe.

En esa necesidad de que el retoño esté bien nos parecemos las mamás de acogida a las mamás biológicas. Nosotras también tenemos esa capacidad de relativizar que impregna cada uno de los hechos de nuestras vidas. Sabemos que veinte euros, de repente, son “muchos” para una camiseta de algodón de Zara pero son “bien pocos” para una nueva caja de Playmobil. El vino del viernes, la vida social que antes era inquebrantable, ahora ya no es un “must” y las mechas puede (y deben) tirar una semana más.

Pero, no nos engañemos, las mamás de acogida somos distintas.

Una amiga me preguntó si yo sentía mi instinto maternal cubierto con Hache. Le dije que no.

Porque el amor que siente una mamá biológica por su hijo es siempre inmenso e incondicional. Y el amor que yo siento por Hache es sólo inmenso, porque los condicionales que pueden separarme de él son tan grandes e inalcanzables que dan hasta miedo.

Año tras año, campaña de acogida tras campaña de acogida, dependo de informes sociales, de los gobiernos y de la distancia. Cada vez que llega es como si hubiéramos hecho un poco de magia para que él pueda estar con nosotros. Cuando te despides, nunca sabes si será para siempre.

Cuando Hache estaba a punto de llegar por primera vez, me asaltó una ansiedad tremenda. Pensaba que yo, propensa a preocuparme de más y adicta al control, no podría sobrellevar la pesada carga de la incertidumbre.

Me equivocaba.

Dicen los creyentes que Dios no envía lo que pides, sino una fórmula para alcanzarlo. Yo rogué durante años para que se me concediera paciencia. Y Dios, Alá, el karma o el destino (aquí que cada uno escoja lo que más le guste) me envió a Hache.

No estoy en una lista de adopciones. Pero sé lo que sufren los que esperan y, sobretodo, sé lo mucho que necesitan una familia los que aguardan.

Es por eso que han empezado a parecerme irritantes muchas cosas que antes me daban exactamente igual. Esa búsqueda de personas pluscuamperfectas, a prueba de miles de test que irritarían a la madre Teresa. Ese estudio en profundidad de las cuentas, como si un niño fuera una multipropiedad que hay que pagar al contado. Esa elaboración infinita de informes en los que se evalúan hasta los andares.

Es una absoluta pérdida de tiempo. Un tiempo valioso quemado en unas convocatorias de oposición a la familia idónea.

Y mientras que miles de personas aptas pasan un examen eterno e inalcanzable, nacen cientos de niños con un futuro incierto.

Y mientras que miles de “los de a pie” esperan por la asignación de un menor, una niña de origen chino muere de una sobredosis de Lorazepam en casa de dos presuntos psicópatas (presuntos psicópatas ricos, eso sí).

Y mientras que los que buscan y los que aguardan esperan, ninguno de los partidos políticos que concurrieron a las últimas elecciones dedicaron ni un miserable epígrafe de sus programas a las adopciones.

Es incomprensible, inhumano y triste hasta decir basta.

Que siga habiendo hijos sin padres y padres sin hijos.

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