Deseos de “Millennials”

FullSizeRender (1)

Pide un deseo, que se te cumplirá. Serás médico, ingeniero, periodista, abogado o diseñador. Y serás el mejor de España. Eso nos dijeron hasta la saciedad, nos lo grabaron a fuego en el cerebro, a esa generación que ahora los más agoreros llaman “Generación perdida”. Los que nos dan un poco de tregua nos tildan de “Millennials” o “Generación Y”. Los más preparados y los que menos claro tienen su futuro. Los que nos hicieron pedir deseos, esos que ahora ya peinan canas, nos regalan a diario perlas de desánimo: “No te quejes, al menos tienes trabajo”, “yo ya estoy arreglado, lo peor es para vosotros” o “hasta que haya una guerra, esto no se arregla”.

Dicen los sociólogos que los “Millennials” somos la generación nacida entre mediados de los ochenta y mediados de los noventa del pasado siglo. Yo creo que no, que “Millennial” es más una actitud que una fecha de nacimiento. Una generación a un smartphone pegada, una vida boca arriba.

Nos programaron para el éxito y ahora nos dicen que vamos a vivir peor que nuestros padres. Tuvimos una infancia de ensueño, una juventud fácil. Pero la vida adulta nos enseña ahora a golpes. Sí, algunos tenemos trabajo. Otros pasan las horas buscando una oferta en “Infojobs”. Cerca o lejos de casa, porque eso ya no nos importa.

“Tendrás que buscar el trabajo donde lo haya”. Otra perla que les gusta a los inspiradores “coach” de mediana edad, que nos salen de debajo de las perlas. Y tiene gracia que nos hablen de sufrir y de aguantar, cuando la mayoría de los que hablan están jubilados. Y han llegado a su edad de jubilación tras pasar toda la vida en la misma empresa.

Los trabajos eran menos cómodos, de acuerdo, pero en la mayoría de los casos fijos. Los “Millennial” hemos trabajado en una media de tres o cuatro empresas distintas cuando llegamos a los treinta. Siempre somos los novatos y, a menos que estemos rodeados de otros “Millennial”, nos miran raro. Porque los trabajadores de a pie, los de la vieja guardia, no entienden que queramos hacer las cosas simplemente “bien”. Y no “bien para que me vea el jefe”.

Hay pocos “Millennial” que sobrevivan en un ambiente de trabajo sin contagiarse de la vieja guardia. Las mujeres lo tenemos fácil. Lo único que se nos pide es que aplacemos sueños. Que no escuchemos el reloj biológico. Que pongamos buena cara y que firmemos contratos temporales. Y lo hacemos. Porque siempre es mejor una mujer empleada que una madre al paro.

A los hombres “Millennial” les comen la cabeza para que aprendan a ser un “macho alfa”. De esos que pueblan cada esquina del mercado laboral. Y ellos aprenden rápido, porque a todos nos gusta rugir. Y marcan territorio, para que nadie les ocupe la mesa.

Como si los cuarenta y siete millones de habitantes de España estuvieran ahora mismo muriéndose de ganas por quitarte tu trabajo. Precisamente el tuyo, y ningún otro de ninguna otra parte de la geografía española. Los “Millennial” aprendimos rápido, casi en cuanto cobramos el primer sueldo, que lo peor que te puede pasar en un empleo es vivir con el miedo a perderlo. Vivir sin ese miedo, que tiene tan enraizado la vieja guardia, es lo que de verdad te hace libre. Sabes que nada es infinito. Muchos “Millennial”, como es mi caso, emprendimos la vida laboral en potentes empresas que operaban a escala internacional. Empresas que ahora, amén de la crisis, ya no existen.

Que no me diga nadie que eso no es para quejarse. Que no me vengan con el “confórmate con lo que hay”.

ilustracion_sara_herranz_715_635x

“Somos demasiado jóvenes para estar tan tristes”. Lo escribió y lo ilustró Sara Herranz, una chica que escribe e ilustra como los ángeles. Su frase y el dibujo que la ilustraba se hizo viral. Y se hizo viral, como pasa con todos los contenidos virales, porque había un sentimiento compartido por miles de personas. De miles de jóvenes tristes, en este caso.

Claro que sí. Claro que lo estamos. Algunos optan por las benzodiazepinas. Conozco a una joven psicóloga que suda ríos de terapia para desintoxicar a menores de treinta que tienen el hígado sin filtro por el Lorazepam. Algunos, con menos de treinta y cuatro años, han probado el Prozac. Y ya no viven sin él. Porque no hay mejor medicina que la que anestesia el alma. Otros preferimos hablar mucho y respirar. Hacer yoga. Lo que sea con tal de no pensar.

Porque si te paras a pensarlo, es para tirarse de los pelos (cuanto menos). Porque nos hemos formado, hemos aprendido. “Estudia inglés que abre puertas”. Mis conocimientos de inglés (nivel C1, prueba de IELTS mediante) me han reportado, así haciendo un cálculo rápido, unos tres mil euros desde que empecé a trabajar. Justo lo que costaba un sólo año en la academia donde estudié desde niña.

Nos duele lo invertido en nosotros. Nos duele, claro que sí, haber visto a nuestros padres subir a un andamio o bajar a los infiernos para que nosotros estuviéramos cómodos. Para que tuviéramos una vida mejor que ahora no llega.

Y nos duele que no haya ni una sola palabra de alivio. Que el futuro sea negro. También la falta de confianza de los que se empeñan en decirnos cómo tenemos que afrontar la vida.

Porque lo que ellos no saben, o no quieren saber, es que tenemos la capacidad de reinventarnos. De crear un trabajo si los que hay libres no son para nosotros. Somos trileros de sueños, conseguidores de metas. Si hace falta, vendemos y compramos ilusión. Sólo así se explica el éxito de los emprendedores online, de las escuelas de marketing digital, de las miles de mamás bloggers que van tirando con sus entradas cada día.

Gente que camina con lo justo al mes.

“Ahorra por si te hace falta”. Otro argumento estrella. ¿Por si me hace falta para qué? Tenemos pánico al compromiso con los bancos. La mayoría de los “Millennial” (los auténticos) vivimos de alquiler. No vamos a tener un salón de madera de roble en la vida, para eso está el Ikea. Porque las estanterías Billy son más ligeras y se desmotan, para cuando no tengas ni un duro y te mudes a un piso más pequeño.

Ahorramos, sí, en los muebles. Para gastarlo en un viaje a Londres, que dura menos pero es más enriquecedor. Cuando las cosas van bien, compramos un bolso con un precio que alcanza las cuatro cifras. Cuando van mal, lo combinamos con prendas del Primark.

Nos hicieron pedir mil deseos de niños.

Los pedimos, y la mayoría no se cumplieron.

Ahora sólo tenemos uno: seguir respirando.

Lo demás, pensamos nosotros, ya llegará.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s