La niña que no sabía sumar

539697_10151554692309110_2100807698_n

Fui una niña rubia y gordita, con una sonrisa constante salvo cuando me sacaban fotos. Con cinco años leía el periódico y escribía a dictado. Fui una niña feliz. Pero fui una niña feliz que no sabía sumar. O, para ser más exactos, una niña feliz a la que le costaba aprender a sumar muchísimo más que a los demás. Durante toda mi vida me he empeñado en disimular ese problema mío con las matemáticas. Tanto, que sólo mi círculo más cercano (ahora vosotros también) sabe que me cuesta muchísimo recordar las tablas de multiplicar y que puedo pasarme una hora buscando la solución a un problema matemático de fácil resolución para un niño de doce años.

Os cuento todo esto porque mañana, 2 de abril, se celebra el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo. Un día para recordarnos a todos que un único rasgo, por incapacitante que sea, no define al conjunto de la persona.

No es comparable, lo sé. Pero todos (seguro que vosotros también) tenemos una peculiaridad que nos hace distintos al resto.

¿Ya has encontrado ese rasgo que te diferencia?

Ahora piénsalo, si alguien te examinara con un prisma que únicamente abarcara ese rasgo, ¿Qué pensaría de ti?

El mío, como os digo, son las matemáticas. 

Me enseñaron a leer y a escribir en casa, cuando aún era muy niña. Aprendía rápido. A los seis años escribí una historia que emocionó a mi maestra. Ese mismo año, a finales de curso, describí a mi madre sobre el papel. La misma maestra le dijo a mi madre que, sólo leyendo lo que allí estaba escrito, cualquiera la podría reconocer entre un millón de personas.

Leí todos los libros destinados a mi curso y me nombraron “Bibliotecaria” en Primaria.

Tenía un “don”, dijo la maestra. La capacidad de plasmar con letras lo que otros no pueden escribir. Una facilidad sorprendente para leer rápido, quedarme con la idea general y resumir todo lo que había leído.

No pasaba lo mismo con los cuadernillo Rubio de matemáticas, que entraban y salían de cada curso en blanco. Mi problema con los números, que ya se había dejado ver en preescolar, emergió cuando nos enseñaron las tablas de multiplicar.

Era imposible que yo superara la tabla del ocho. Así que mi madre, que se debatía entre la disciplina (pensando que lo mío con los números era vagancia) y la pena tremenda, decidió consultar a un experto.

En 1992, cuando mi entorno creía menos en los psicólogos que en Aramis Fuster, una chica recién licenciada en Psicología me hizo un test.

Se llamaba Olvido. Un nombre, paradojas de la vida, que siempre recordaré.

Era un test muy largo y con muchas preguntas. Con pruebas de lectura y problemas de matemáticas. Entonces no lo sabía, pero era un método de diagnóstico relativamente innovador: el test de inteligencias múltiples, propuesto por Howard Gardner en 1983. 

Se basa en la premisa de que la inteligencia no se puede medir con un número (como el Coeficiente Intelectual). Creo que Howard asegura que todos tenemos nueve inteligencias que trabajan juntas, unas se desarrollan más y otras menos. A mí me midieron siete:

1. Inteligencia lingüística.

2. Inteligencia lógico-matemática.

3. Inteligencia corporal y cinética.

4. Inteligencia visual y espacial.

5. Inteligencia musical.

6. Inteligencia interpersonal.

7. inteligencia intrapersonal.

Aún conservo los resultados, en una carpeta que mi madre guarda en el salón. No voy a dar cifras, pero os puedo asegurar que mi inteligencia lógico-matemática estaba bastante por debajo de la media que aquel test fijaba para los niños de mi edad.

Olvido, la chica del nombre inolvidable, nos reunió a mis padres y a mí en una sala con las paredes pintadas de blanco y muebles de madera clara (entonces, los muebles de madera clara y las paredes pintadas de blanco se veían tan raros como los psicólogos). Les dijo a mis padres que, efectivamente, mi inteligencia lógico-matemática era baja.

Así empezó un baile que se alargó mucho. Nadie en mi vida escolar lo notó nunca.

Ninguna profesora supo nunca que las tablas de multiplicar se me olvidaban media hora después de que me las preguntaran.

En la ESO, nadie imaginaba que detrás de mis ejercicios de matemáticas había horas de discusión en mi casa. Nadie sospechaba que mi hermano, exasperado tras explicarme lo mismo diez veces, se tumbaba en la mesa y decía por lo bajo; “Imposible, mama, esta nena no saca el graduado”.

Ningún compañero de la carrera supo nunca que la noche antes del examen de Estadística me la pasé vomitando. Entré en el aula con el mismo gesto de “me lo sé” que ponía antes del examen de Periodismo Radiofónico. Saqué un 5,8. Una nota que tampoco olvidé, como el nombre de Olvido.

En mi vida profesional han sido pocos los encontronazos. Sólo patino a veces, cuando tengo que calcular un porcentaje. Siempre llamo a mi madre para que haga las cuentas.

Me cuesta más de lo normal (entiéndase normal como la media de clientes) saber si los vueltos que recojo en el Eroski son los que me pertenecen. Cuando invito a una ronda, si lo tengo, saco un billete de cincuenta euros para asegurarme de que llega y no hacer un cálculo mental rápido (eso es, seamos sinceros, lo que todos los demás hacéis antes de ir a la barra ¿O no?).

1004895_495784407173674_552984254_n

Sé que esto que cuento no es comparable a un trastorno generalizado del desarrollo. Sé que puede leerme la mamá de un niño recién diagnosticado y pensar que soy una frívola.

No es mi intención.

Aunque parezca mentira, ese problema (que a simple vista parece nimio) con las matemáticas ha hecho de mí una persona distinta al resto. No tengo problemas para la comunicación verbal o no verbal, ni comportamientos repetitivos.

Pero soy incapaz de parar una mente difícil de distraer (una de las técnicas de distracción más eficaz es el pensamiento matemático). No es fácil que yo bloquee mis emociones y tengo que controlarme para no ver el mundo con una dicotomía que asusta: o blanco o negro.

He logrado hacer una vida normal. Igual que muchas personas diagnosticadas de autismo (con alta funcionalidad).

He aprendido a vivir con mi diferencia, en buena parte porque la gente que importa la entiende.

Todo sería más fácil, no obstante, si las diferencias que nos hacen personas fueran comprensibles para todos los demás.

He conseguido ser feliz.

Aquí me tenéis. La niña que no sabía sumar. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s