Intensitos de más

Intensitos de más. Así estamos desde hace unas semanas. No sé si es cosa de Syriza, de Rajoy o de Podemos. Pero mi Facebook se ha convertido en un debate sobre el estado de la nación constante, continuo.

Intensitos de más. Ya no somos españoles. De repente, nos hemos mudado todos mentalmente a un país del norte de Europa y nos interesa muchísimo el dinero público. Ojalá nos hubiéramos acordado todos antes de preguntar de dónde salen las partidas para cada cosa que propone cada partido. Ahora seríamos más ricos y mucho más sabios.

Intensitos de más y por demás. El otro día, en mis “Últimas noticias” de Facebook, tenía dos comentarios para quitar el hipo. Uno de mis “amigos” pedía un sueldo universal para todo bicho viviente y otra, de cuyo nombre no quiero ni acordarme, estaba a punto de solicitar al Gobierno de la nación que colocara alambradas rodeando España para que no entraran negros. “¿Eso queréis para España, que sea un oasis de inmigrantes?”, decía.

Al primero, al del sueldo universal, lo dejé pasar porque no me parece peligroso. A la otra, a la de los oasis, la denuncié ante Mark Zuckerberg porque me pareció muy ofensiva. Mark Zuckerberg no ha respondido a mi “request”, se ve que a él y al resto del equipo de Facebook no les interesa lo que pasa en España.

No es de extrañar. El interés por ciertos países pasa de cero a cien en veinte segundos.

Cuando en 2007 me mudé a Grecia, nadie sabía exactamente qué me podría encontrar yo allí. A nadie le importaba Syntagma ni la plaza Omonia. Lo máximo que encontré en mi entorno fue a un chico que tenía una abuela que tenía una amiga que había pasado un día en Atenas porque se había parado allí un crucero que le habían regalado sus hijos.

Ahora desayunamos con Grecia, comemos con Tsipras y cenamos con Yanis Varoufakis.

Intensitos de más. Os (y me) estáis poniendo con Grecia y con Syriza. De verdad, dejadlos.

Que os lo digo por experiencia propia, que España no es Grecia. Somos un poco menos tramposos, mucho más malhumorados e infinitamente más condescendientes que el pueblo griego.

Ellos no callan. Así los maten. Cuando iba a la universidad de Salónica (intentaba aprender griego moderno, algo que no conseguí en absoluto) me encontraba todos los días con una manifestación a la puerta. Nunca supe lo que pedían, porque no entendía lo que decían las pancartas.

Un día, un chaval muy joven (probablemente entonces tuviera 18 años) me tradujo uno de los carteles. Se lo agradecí enormemente y me hice su amiga. Aún hoy nos mantenemos en contacto. Es hijo de vendedores ambulantes y estudió Relaciones Públicas. Ha tenido una carrera brillante y ha trabajado en algo que sus padres nunca pudieron soñar: fue asesor de Tsipras en las últimas elecciones.

Cuando supe que su jefe iba ganando, me alegré públicamente. Porque considero que una parte del logro la tiene mi amigo griego.

Al instante, recibí un WhatsApp acusándome de ser una “izquierdista radical”.

Intensitos de más. También por el móvil.

A mí me han acusado de ser de todo. De bailarle el agua al PP, de votar al PSOE, de apoyar a Podemos, de ser anti-Monedero.

Lo mejor que me han dicho: “Mírala, una comunista con un Mini”.

Lo primero, no sé en qué parte del cuerpo llevo yo tatuado que soy comunista. Lo segundo, y más importante, tengo un Mini porque puedo.

Que yo tenga un Mini no quiere decir que desee que el resto de la humanidad viaje en una cirila. Tengo un Mini porque he tenido la suerte de poder formarme, de trabajar desde muy joven y de contar con una familia que me apoya.

No creo en la izquierda ni en la derecha de forma sistemática. Creo en cualquier partido que abogue por la igualdad de oportunidades.

Porque los padres vendedores ambulantes de mi amigo, el griego, no imaginaban que su hijo sería una pieza importante en una fecha histórica. Porque a lo máximo que podían aspirar, cuando mi amigo el griego era pequeño, era a vender más calcetines para comprarle la leche que necesitaba.

Porque mi abuelo, desahuciado por la silicosis, se pasaba noches en vela releyendo LA NUEVA ESPAÑA. Y murió sin saber que un día yo firmaría en esas páginas.

Por ellos, yo sí me pongo intensita.

Y, si hace falta, intensita de más.

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