¿Y cuando se vaya qué?

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¿Y cuando se vaya qué? Si eres mamá o papá de acogida, o estás pensando en participar en algún programa de acogida temporal de menores, te lo habrán preguntado mil veces.  A renglón seguido, te habrán respondido: “Lo pasarás fatal”. El 90 por ciento de la gente que te lo ha dicho hasta ahora no tiene ni idea de lo que dice, porque no ha pasado por ello. Así que hoy te lo voy a decir yo, que sé de lo que hablo: te vas a morir de la pena. Pero sólo durante unos días.

Te morirás de la pena cuando tengas que hacer la maleta para no verlo en tres meses (quizás más o mucho más). En ese duro momento estoy yo ahora mismo. Planificando y empezando a embalar el pedazo de vida española que Hache, el niño con superpoderes se puede llevar a su país.

Él o ella, seguramente, se lo tomará con más filosofía. Los niños, y más si tienen superpoderes, tienen esa capacidad de relativizar. Ese talento para buscar la alegría donde nosotros (los adultos) solo vemos pena, desilusión y noches en vela.

Te morirás de la pena cuando se acerque el día de la marcha y empiecen las despedidas de familiares y amigos. Y creerás que estás al límite cuando lo veas pasar por el control del aeropuerto. Cuando llegue el momento de la despedida más importante: la tuya.

Pasarás por las cinco fases del duelo que tan bien describió la psiquiatra Elisabeth Kübler Ross: negación, ira, negociación, depresión y aceptación.

Yo ando por la tercera, en la de la negociación. Ruego a Dios, al destino, al karma… A quien me pueda ayudar y me escuche para que el niño con superpoderes se quede.

Daría todo (lo poco) que tengo para que no se tuviera que ir. Empaquetaría mis alegrías de los últimos diez años y se las entregaría a quien me pudiera prometer que Hache estará siempre en esta casa. Su casa.

En el fondo sé que no puede ser. Así que, cuando lleguemos al aeropuerto, me sumiré de lleno en la fase de depresión.

Es la fase más temida por todos los que han participado, participan o piensan participar en un programa de acogida.

Llorarás, claro que llorarás. Y el primer día sin tu niño con superpoderes se te hará eterno. Lo mismo el segundo y el tercero. Al cuarto o al quinto, y esto te lo digo yo, resucitarás.

Entrarás, casi sin darte cuenta, en la fase de aceptación y empezarás a contar los días para su vuelta. Firmarás papeles y esperarás con ansia por un momento de contacto con tu superpoderoso apéndice.

Yo soy una mamá superpoderosa muy blandengue, pero reconozco que tengo una red de seguridad importante. Tengo una familia, un hombre mágico y unos amigos por encima de mis posibilidades.

Tanto es así, que me ofrecen soluciones para que mi fase de depresión pase más rápido. Un amigo, que sabe de mi pasión por los idiomas, me ha descubierto una aplicación para aprender italiano. Una amiga está tramitando a marchas forzadas mi matrícula en clases de zumba y de yoga. Mi hermano y mis padres han abierto un grupo de apoyo en WhatsApp y el hombre mágico busca billetes baratos para un viaje romántico.

Nuestro niño con superpoderes también nos lo pone muy fácil. Está entusiasmado, llenando la maleta y tiene ganas (o dice tener ganas) de ver a sus amigos.

Me acaba de ver con lágrimas en los ojos mientras escribo esto y me ha preguntado que qué pasa.

Le he dicho que estoy escribiendo una historia de un niño que tiene superpoderes y que es muy bonita.

Me ha respondido que quiere leerla cuando haga sol en España (cuando vuelva en verano).

Trato hecho.

Tendré una historia escrita cuando llegue el sol.

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