“Tu Mac ha muerto”

10380073_10152878482764110_669647114338838586_o“Hemos hecho todo lo posible, pero tu Mac ha muerto”. Eso me ha dicho hoy un informático de una tienda en la que yo, inocente de mí, dejé mi portátil para reparar hace cinco días.

Me pilló por sorpresa. No estaba preparada, ni de lejos, para una defunción.

El aparatito mostró los primeros síntomas el jueves por la tarde, cuando apareció una sombra en la pantalla. La sombra se fue haciendo más y más grande y lo llevé de urgencia a la citada tienda para que me lo solucionaran.

“Eso, en tres días está como nuevo”.

Mintieron.

Que nadie se ofenda con la comparación, pero en mi vida sólo he visto caras de preocupación a un nivel 9-10 en las salas de espera del hospital y en las tiendas de informática.

Esta mañana estábamos tres clientes esperando frente al mostrador. El primero, un chaval de unos veinte años con melena hasta los hombros, entró en la tienda tranquilo. “Este no tiene ningún enfermo aquí”, pensé.

Únicamente quería comprar un usb.

La segunda clienta, una chica universitaria, estaba esperando noticias junto a su madre. Llevaba un papel en la mano izquierda y no dejaba de enrollarlo en el dedo índice. “Pudimos salvar todo lo que tenías en el disco”, le dijo triunfal el propietario de la tienda.

La chica dejó de enrollar el papel en el dedo, le dio un abrazo a su madre y se fue a casa con todos sus documentos, apuntes y sólo ella sabe qué más en un disco extraíble.

Al señor de la tienda se le ensombreció el rostro cuando me vio a mí:

-La del Mac, ¿No?-, preguntó.

-La misma-, respondí yo, ya con pocas esperanzas.

Me  condujo por unas escaleras a una especie de taller. Otro hombre, el técnico que se había encargado de intentar reparar el aparatito, me recibió con un apretón de manos:

-Siéntate-, me dijo.

En una mesa, despedazado, esperaba mi Mac. Me explicaron algo de un LC no sé qué. La placa de no sé dónde, el filtro de alguna luz…

Ese es el problema de la informática.

Que hay gente que lo sabe todo, los dioses informáticos, y los demás no tenemos ni la más remota idea. Esa brecha informativa, el tiempo me dará la razón, nos hará infelices para siempre y terminará por matarnos.

Yo, en ese taller lleno de tripas informáticas, tragué saliva.

-Pero, ¿Funciona?-

Me miraron con la misma cara con la que tú mirarías a un hámster que no puede dejar de dar vueltas en una rueda: una mezcla de pena, asombro e incomprensión.

Y dijeron las palabras mágicas:

-Hicimos lo que pudimos, pero no-.

Así que llegué a casa, con el Mac hecho trizas, y tiré de agenda para llamar a esos amigos informáticos que todos tenemos.

Y que siempre, inevitablemente, tienen algo que hacer o están demasiado lejos para atender en tiempos de crisis.

Tengo cuatro amigos a los que consulto, a menudo, sobre temas del aparatito y sus funciones. Dos son titulados y otros dos muy mañosos.

Hoy, los cuatro me hicieron la misma pregunta: “¿Pero tú no haces copias?”.

No. No las hago. Más que nada, por pereza. Y porque nunca piensas que tu sano, jovial y siempre atento ordenador te va a dejar tan pronto.

También porque nadie, ni tus amigos informáticos ni tus otros amigos, se acuerdan de decírtelo hasta que ya es demasiado tarde.

Aunque, a juzgar por la cara que todo el mundo pone cuando le digo que lo he perdido TODO, creo que la gente se pasa el día volcando contenidos a un disco duro extraíble para no llorar la desgracia.

Hoy he perdido los últimos dos años de mi vida informática. Dentro de ese Mac, que ahora yace en una esquina del salón esperando por un milagro, tengo todos los artículos, Ebooks, música y fotografías que había almacenado desde enero de 2013.

La situación no sería tan grave si no fuera porque, hace una semana, dejó de funcionar mi teléfono y no pude recuperar todas las grabaciones que tenía dentro. La misma pregunta de mi entorno: “¿Pero tú no las guardas en otra parte?”.

No, no lo hago. Tengo poco tiempo y no me gusta gastarlo en volcar datos en iCloud, ni en itunes, ni en ningún otro sistema que empiece por “i”.

Y, seguramente, seguiré sin hacerlo.

En lo que a informática se refiere, me gusta vivir al límite.

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