No me pagan lo suficiente

No me pagan lo suficiente. No me pagan lo suficiente por hacer mi trabajo, así que imagínate si tengo ganas, tiempo y espíritu para hacer extras (escuchar tus paranoias, tratar tu síndrome de manía persecutoria y aguantar vejaciones constantes).

Este post está dedicado a esos políticos (que hay algunos, y los hay en todos los partidos: desde extrema izquierda hasta extrema derecha) que se pasan el día pensando en que un periodista determinado quiere terminar con su carrera política.

Normalmente, y esto lo digo porque tengo datos empíricos, la víctima de las paranoias es una periodista mujer (si es joven, perfecto). Y si es el eslabón más débil de la cadena periodística, mejor. Porque así el político de turno puede dar rienda suelta a sus especulaciones sin que nadie le pare los pies.

Yo soy las tres cosas: periodista, (relativamente) joven y última mona de la cadena. Así que me toca ser la protagonista, al menos una vez al año, de un guión de película de espionaje e intriga que elabora un político con ganas de encontrar culpables.

Llevo seis años en esto y me han enjaretado papeles para todos los gustos:  amante de un político de izquierdas, militante en la sombra de un partido de derechas, espía pagada por un Alcalde, “ocultadora de información” (sic) sobre un concejal de Deportes y prima lejana de un altísimo cargo socialista.

Ninguna de las afirmaciones eran ciertas. Ni milito en un partido, ni retozo con políticos, ni tengo familiares en la cúpula del PSOE (si los tuviera, estoy segura de que alguna que otra empresa me trataría con más respeto).

Tengo que ser justa. Siempre que el rumor se sale de madre, que alguna vez me ha pasado, mis jefes me han ayudado. También algunos compañeros.

Otros no, otros se han dedicado a echar más leña al fuego para convertirse en hombres de confianza del político paranoico. Allá ellos y su conciencia. Quizás tengan un plus por lameculos o por terapeutas. No lo sé.

La que no tiene pluses, desde luego, soy yo. Trabajo en tres medios de comunicación y doy clases de inglés tres horas a la semana. Mi sueldo, después de pagar autónomos, gasolina y teléfono, pocas veces llega a las cuatro cifras. Se ha reducido en más de un veinte por ciento durante los últimos tres años. Trabajo más o menos lo mismo, porque me gusta lo que hago. Y porque, al fin y al cabo, uno se hace periodista para aguantar en la poca salud y en la crónica enfermedad que padece el oficio.

La última paranoia surgió ayer, durante mi día de descanso, mientras que intentaba escoger una estantería en Ikea. Según un veterano político, ahora soy la mano derecha del alcalde de cierto concejo. “Tú trabajas para él, tu ni eres periodista ni eres nada. Ya veremos lo que tenemos que hacer para que tu escribas lo que se te mande”, me dijo ayer vía telefónica.

Mi yo allerano me pedía a gritos que le dijera que yo escribiré lo que me salga del mismísimo boli, pero decidí callarlo. Decidí responderle con un escueto “mira Pepe (nombre ficticio), a mí no me pagan lo suficiente para lo que tengo que aguantar”. Se lo tomó a mal y me colgó el teléfono.

Yo seguí a lo mío, buscando una estantería y encontrando a don Conejo, un regalo para cuando llegue Hache, el niño con súperpoderes.

Don Conejo.

Don Conejo.

De vuelta a casa, me puse a pensar en que a mí me han educado para que trabaje y haga las cosas lo mejor que pueda. Y eso llevo haciendo desde que tengo uso de razón.

A mí me dijeron que me formara, que resistiera y que, algún día, tendría un trabajo digno.

He seguido al pie de la letra todo lo que me han dicho dentro y fuera de mi casa, dentro y fuera de mi universidad y dentro y fuera de las empresas para las que trabajo. Pero no da resultado.

Mi trabajo cada día es menos digno. No me pagan lo suficiente y cada día aguanto más.

Me tengo que quejar en voz baja, para que nadie me replique “por lo menos tienes algo, mira cuánta gente hay al paro”.

Ese es el problema. Que lo que yo cuento aquí no es el cabreo de una profesional mal remunerada ni las quejas patológicas de una aspirante a blogger con ganas de inundar el mundo de pesimismo.

El problema es que nos está pasando a muchos. Muchos tenemos un primo, un amigo, un sobrino que cobra por media jornada pero la trabaja entera. Todos hemos visto la cara de agobio de una dependienta que tiene que atender en caja a una larga cola de clientes porque han despedido a su compañera. Todos llegamos a casa y nos preguntamos qué estamos haciendo mal.

Nos dicen nuestros mayores que esto de la crisis sólo terminará con una guerra.

Yo les digo a ellos que la guerra ya ha empezado.

Pero estamos tan cansados que no nos podemos defender.

4 comentarios en “No me pagan lo suficiente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s