¿Cuánto cobras por tu tiempo?

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Tengo una idea empresarial que es la bomba.

Bueno, tengo que ser sincera. Siempre que se la cuento a alguien, ese alguien se queda mucho rato mirando fijamente al suelo.

Así que quizás no es tan buena. O quizás estoy rodeada de gente sin visión empresarial.

El caso es que yo creo firmemente en mi idea. Y eso ya es un gran paso a la hora de emprender cualquier proyecto.

No os voy a decir de qué va porque, como me parece tan fantástica, tengo mucho miedo de que alguien con más  contactos que yo la ponga en marcha. Sí, soy así de mezquina y siempre desconfío (porque, en ocasiones, pasa lo peor).

Mi falta de empuje para ponerla en marcha no está relacionada con mi autoestima (pienso que mi autoestima está en un rango normal), ni con la falta de ideas, ni con la pereza. Mi principal problema a la hora de emprender es que no sé qué precio poner a mis productos.

Porque, como quiero vender algo intangible, tendría que cobrar por mi tiempo. Y, la verdad, no sé cuánto vale un minuto.

No es la primera vez que me encuentro con este dilema. Cuando era niña, quise poner en marcha un grupo de cuidadoras de niños más pequeños. Mi idea estaba basada en una colección de libros infantiles, publicada bajo el epígrafe “El Club de las canguro”.

Aquellas chicas de los libros, que eran de Estados Unidos, cobraban un dólar por hora. Y yo quería cobrar mil pesetas por hora, porque ya entonces sabía que mi tiempo era valioso. Obviamente, la idea no cuajó.

Lo primero, porque mi precio era desmesurado. Lo segundo, porque una niña de nombre Ana (es un nombre figurado) quiso ser mi socia y me boicoteó.

Viendo la catástrofe de la venta de mi tiempo, en el primer curso del instituto intenté emprender otro negocio basado en la reventa de productos de los Backstreet Boys. A mí no me gustaban nada, así que tracé un plan de empresa digno de una señora que sabe mucho de creación de empresas:

Paso 1: Fingir delante de mis padres que era una acalorada seguidora de aquellos cinco chavales tan modernos.

Paso 2: Conseguir productos rogando y rogando a mi madre para que me los comprara.

Paso 3: Revenderlos a la hora del recreo a las fans enfurecidas.

El negocio también fracasó estrepitosamente. Porque yo de marketing sabía más bien poco y no supe dirigirme adecuadamente a mi público objetivo.

Los tiempos han cambiado, pero entrar en el grupo de los emprendedores sigue siendo muy difícil.

Yo he mejorado en el capítulo de marketing (un poco), pero tengo el mismo problema que tenía hace veinte años: aún no sé cuánto cuesta mi tiempo.

Yo creo que mucho, que muchísimo. Pero luego me paro a pensar en el tiempo que invierto trabajando para distintos medios (ya os he contado alguna vez que soy autónoma) y creo que estoy tirando minutos y regalándolos, cual Rey Mago en una Cabalgata.

El otro día, un amigo me dijo que montara la empresa. Que pusiera un precio que a mí me conviniera y que probara la actividad durante un máximo de seis meses. “Si no funciona, ciérralo enseguida”.

Yo le dije que no hacía falta cerrarlo tan pronto, porque el mantenimiento de mi idea empresarial no resulta especialmente caro. Le respondí que únicamente perdería tiempo.

“¿Y te parece poco?”, me preguntó.

PD: Para las que están en ese duro camino, os presento a una blogger, empresaria, mamá y un montón de cosas más que os va a servir (segurísimamente) de muchísima ayuda Mamá Convergente. 

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