El rebaño del macho alfa

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Yo vi con mis propios ojos cómo un ex líder sindical, ahora en horas bajas, reventaba una huelga.

Fui uno de los pocos testigos presenciales, a parte de los que estaban involucrados en el entuerto, porque se produjo hacia las seis de la mañana.

Ocurrió a las puertas de una factoría con sede en Aller.

El ex líder sindical, a partir de ahora macho alfa, llegó a la empresa. Llamó al grupo de trabajadores afiliados a su sindicato, a partir de ahora (y sin ánimo de faltar al respeto) rebaño, y les dijo que fueran a trabajar.

Fue algo insólito y tardé mucho tiempo en ordenar las ideas en mi cabeza. Me recordó a mi infancia, concretamente, a los inicios de mi escolarización.

Por aquel entonces, en “parvulitos”, yo tenía una profesora que se llamaba María José. No me caía bien, no me preguntéis por qué. Y me pasé todo el curso lectivo agarrada a una columna, delante del colegio, gritando que no iba a ir a clase. Entonces mi madre, el macho alfa de la situación, me soltaba los dedos uno a uno del poste y me decía: “Ala, pa la escuela”.

Y yo tenía que entrar, ponerme el mandilón y pasarme horas y horas pintando con los dedos. Una actividad que, por otra parte, no creo que haya contribuido a mi desarrollo como persona ni como profesional.

Pero vamos a lo importante, a la carnaza. El macho alfa del sindicato dijo que entraran y ellos, sin más, entraron. Los afiliados al otro sindicato se quedaron a la puerta.

Unas horas más tarde, el ex líder sindical llamó a sus conocidos en los medios de comunicación para explicar su versión de los hechos.

Puede que la endulzara un poco, no lo recuerdo, pero básicamente contó toda la verdad. Que el se había personado a la puerta de la empresa y había dicho a su rebaño que entraran a trabajar.

Todos los medios de comunicación lo recogieron con veracidad. Ni uno sólo cambió ni una sola coma de lo que había ocurrido.

Así que todo el mundo que vio la televisión, encendió la radio o leyó periódicos (ese mismo día o al día siguiente) supo lo que había pasado.

Nadie se escandalizó. Que yo recuerde, aquella noticia no fue de las más leídas. Ni de las más comentadas. Ni siquiera en el chigre. Nadie más habló de ello.

Porque cuando el macho alfa dice que entres a trabajar, entras. Sobretodo, cuando ese macho alfa te ha conseguido el puesto de trabajo.

Eso es lo que lleva pasando años y años en estas, nuestras Cuencas mineras. Y también, por qué no decirlo, en el resto de Asturias.

El enchufismo también existe más allá del Negrón, pero yo lo he vivido en mayor medida en esta región. Siempre que he hecho una entrevista de trabajo en Madrid, y digo en Madrid porque es la única ciudad española fuera de Asturias en la que he trabajado, me han preguntado qué se hacer. También los títulos, pero muy por alto.

Principalmente, están interesados en mis habilidades.

Si quieren saber si hablo inglés, me hace una entrevista un nativo. Si quieren saber cómo redacto, me dan un teletipo y me piden que le de forma. Si lo hago bien, me contratan. Si lo hago mal, no me seleccionan.

Las cosas deberían de funcionar así.

Pero, en la mayoría de los casos, no es lo que ocurre.

No pasa nada cuando el enchufismo se queda entre los muros de una empresa privada. Al fin y al cabo, si tienes una empresa contratarás a quien más te guste contratar.

Lo sucio, lo que me revienta, es el enchufismo en el ámbito público. En los cientos de trabajadores que han conseguido su empleo, en compañías construidas con el dinero de todos, por estar afiliados a un sindicato determinado.

Tengo una conocida que suele decir “voy a hacerme amiga de tal o cual (generalmente altos cargos o ex cargos públicos) para que me busque un puestín”.

Yo he escuchado a unos cuantos políticos llamar “camarada” a periodistas de un medio público. Nunca se ruborizaron, ni el político de turno ni su “camarada”.

El otro día, una chica me dijo que ella había intentado formar parte de la plantilla de una empresa que se puso en marcha con fondos mineros. En busca de la soñada reactivación de las comarcas.

Llegó a la selección final y, a pesar de que estaba de sobra cualificada, no la escogieron.

Fue a pedir cuentas, porque ya no tenía nada que perder, a un sindicato. Y la respuesta del señor que estaba al otro lado de la mesa, fue muy simple: “Afíliate y después hablamos”.

Otra cosa no, pero nos sobran machos alfa.