Imberbes emocionales

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Los imberbes emocionales están por todas partes.

No sé si el término existe en realidad, pero yo lo empleo para definir a ese modelo de persona que cree que sus objetivos en la vida pesan más que los del resto y son capaces de pisar, ningunear y aplastar al otro con tal de conseguirlos. Los llamo imberbes emocionales porque considero que, detrás de toda esa aparente seguridad, se esconde una autoestima muy baja y una inteligencia emocional muy poco desarrollada. Digna de un teenager.

Voy a poner un ejemplo de imberbe emocional basado en hechos reales. Cuando hice prácticas en la delegación de una radio, tenía una jefa que se llamaba Sara (no es su nombre real). Sara tenía todos los días un objetivo claro: tener listo el informativo para mediodía. Y esa era su única meta.

Bueno, diréis que esa es la meta de todos los jefes de informativos del mundo. Y es verdad. Pero la diferencia entre otros jefes de informativos y Sara (una imberbe emocional de libro) está en el cómo conseguir que todo esté en su sitio a la hora prevista.

Para empezar, Sara no dejaba que nadie de prácticas tocara un micrófono. Ni siquiera mirarlo. Tu trabajo, como becaria, era recorrer la ciudad a toda prisa para que Sara tuviera sobre la mesa todas las grabaciones que necesitaba. Ella montaba el informativo, ella locutaba. Saludaba a los oyentes y los despedía.

Nunca escuché salir de su boca un “gracias” cuando hacía bien las cosas. Tampoco un “lo siento” cuando me caía una bronca sin justificación. Ni siquiera un “por favor” cuando necesitaba como agua de mayo mi ayuda.

Empezamos tres chicas de prácticas y terminé el verano yo sola. Más que nada, porque no tenía otro sitio al que ir.

No sé lo que pasa en otros sectores, pero esto no es lo habitual en el resto de medios de comunicación que conozco.

En el periódico en el que aún hoy trabajo, a pesar de que no soy la empleada más feliz del mundo, he firmado informaciones desde el minuto cero. Informaciones más o menos vistosas o más o menos amplias, pero siempre las he hecho yo. Lo mismo en la radio con la que ahora colaboro y con la agencia de noticias.

Quizás porque he tenido la suerte de no encontrarme nunca más con una / un imberbe emocional entre mis jefes.

Seguro que tú también has tenido a una Sara en tu vida. No sólo te las puedes encontrar en el ámbito laboral. Como ya te decía, están por todas partes: asociaciones vecinales, talleres de manualidades, en tu grupo de colegas …

A los imberbes emocionales (también denominados, en mi particular diccionario psicológico, imbéciles sociales) los reconocerás enseguida porque tienen cinco pautas de comportamiento:

1. Lo suyo es más importante y punto. Este es su rasgo principal. Ellos viven en un mundo paralelo en el que sólo importa su vida y harán todo lo posible por conseguir sus objetivos. En el ámbito profesional, son los denominados “trepas”. Fuera del trabajo suelen mentir, jugar con los sentimientos e, incluso, intimidar para que nadie les impida llegar hasta su particular meta.

2. Carecen de empatía. Conocen los sentimientos. De hecho, son muy emocionales. Pero son incapaces de ponerse en la piel del otro y no calculan el daño que hacen con sus acciones. Quizás porque, como ya decía yo en el punto anterior, lo suyo es más importante. Y ya está.

3. Te traicionarán para salvarse. Esa falta total de empatía y la convicción de que lo suyo importa más, lleva a los imberbes emocionales a traicionar a quien haga falta. No conocen la lealtad hacia nadie, salvo la que guardan para con su propio objetivo vital.

4. No existe el gris. O estás con ellos o contra ellos. No aceptan una crítica, no valoran las opiniones del resto. Tienen en su mano la verdad absoluta y no aceptan ni un solo pero. En el terreno laboral, los puedes reconocer porque abanderarán el “si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta”.

5. Se quieren mucho. Se idolatran a sí mismos pero, en el fondo, suelen tener una autoestima muy baja. Es decir, creen que son invencibles, que nada puede con ellos, pero por un motivo: porque son capaces de desarrollar actividades que otras personas de su entorno serían capaces de hacer. Y los imberbes emocionales, en el fondo, creen que ellos tienen más mérito porque están (a su juicio) menos capacitados.

 

Tengo las claves para detectarlos, pero aún no sé cómo tratarlos. A veces me dan mucha pena, de verdad.

Me gustaría cogerlos, sentarlos en una silla como a un niño pequeño, y decirles: “Mira, yo sé hacer esto mejor que tu. Pero no te angusties, seguro que en algo eres mejor que yo”.

Cuando mi paciencia ya está al límite, en cambio, me dan unas ganas terribles de zarandearlos para que espabilen. Para que vean que pisando, ninguneando e intrigando sobre “los otros” no van a llegar a ninguna parte.

La mejor opción, me lo dice todo el mundo, es ignorarlos. Hacer como que no existen y esperar a que el tiempo pase.

El tiempo todo lo cura. Hasta a los imberbes emocionales. 

 

A

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