Los niños marcianos no comen

Lo que hay que leer en Facebook. Yo hay días que me arrancaría los ojos sin sangrar.

Una buena mañana, mientras revisaba yo las redes sociales, di con un enlace compartido en la página de una señora que acaba de montar una asociación muy solidaria. La noticia contaba que Cáritas paga a los inmigrantes luz, medicamentos y los libros del colegio.

La señora compartía el enlace y, todo sea dicho de paso, no se manifestaba. Pero el sentir general de los comentaristas de la entrada se resume en una afirmación: “Primero los de aquí”.

Tuve que agarrar muy fuerte la taza del café para no responder. Lo conseguí, pero me quedé con los dedos blancos de la presión y una duda existencial:

¿Quiénes son los de “aquí”?

Pueden ser los del barrio de La Tenderina. O los del municipio de Oviedo. O los de Asturias. O los de España.

Ni idea.

Lo único que sé es que la señora de la asociación calló. Y el que calla otorga. Y, por lo tanto, esa asociación ya no va a recibir por mi parte ni una triste galleta.

Y no va a recibir nada porque Hache, el niño con súperpoderes es un niño extranjero. Sí, muy rubio y muy guapo, pero igual de extranjero que un negrito que llega en patera.

A lo mejor es que toda esa gente tan digna piensa que los niños de fuera de “aquí” son de Marte. Y todo el mundo sabe que los niños de Marte no comen.

No es la primera vez que me encuentro con un comentario de este calibre.

Cuando el hombre mágico y yo decidimos que el niño con súperpoderes formaría parte de nuestra familia, generamos una espiral de comentarios entre algunos conocidos.

Siempre empezaban, como ya comenté en este mi blog, con:

“¿Es que tú (por mí) no puedes tener niños tuyos (refiriéndose a hijos biológicos)?”

Seguían con:

“Buf, ya verás qué disgusto cuando vuelva a su país”.

Y remataban con:

“Yo de ayudar, ayudaba a uno de aquí, ¿Qué quieres que te diga, chica?”.

De nada servía mi intento de explicar las bondades de la acogida temporal. Tampoco las argumentaciones sobre Chernobyl.

Nada, ni rastro de emoción. Sólo un rotundo “no, chica, yo ayudo a los de aquí”.

Me contuve porque, aunque no lo parezca, cada vez me gusta menos chapotear en charcos.

Al fin y al cabo, los que me lo decían no tenían previsto ayudar a nadie y sólo intentaban limpiar su conciencia.

Pero esta vez no me puedo callar.

Así que a ustedes, señores, se lo voy a decir todo.

Cuando Hache llegó a casa, no sabía atarse los zapatos. Y no es un niño tonto. No sabía porque nunca había tenido una mano adulta que lo ayudara a ponerse zapatos con cordones.

La primera vez que cayó en el pasillo de mi casa, se asombró mucho de que yo le diera un abrazo. Porque nunca había encontrado a nadie que lo reconfortara.

La primera vez que le reñí, lloró amargamente porque pensaba que lo íbamos a abandonar.

Y todo eso le pasa a un niño que no es de “aquí”.

Si esto no te conmueve, si no te da ganas de saltar por la ventana y ponerte a correr en cualquier dirección y ayudar al primer niño o niña con el que te encuentres (sin pedir antes el DNI), es que no eres solidario.

Entonces no me digas “primero los de aquí”. Dime que prefieres invertir el dinerillo extra en un bolso de “Bimba y Lola”.

Y, con la sinceridad por delante, todos nos vamos a sentir el doble de mejor.

2 comentarios en “Los niños marcianos no comen

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