Cuando Danny saltó la valla

Cuando Danny, un camerunés de 23 años, intentó saltar la valla fronteriza que separa Marruecos y Melilla tenía la cabeza llena de sueños.

Quizás había escuchado historias sobre lo bien que se vive en España. Pensaría, a lo mejor, que este país es la tierra de las oportunidades. Que todos tenemos un carácter abierto, que la gente te ayuda y que el clima no está del todo mal.

Nadie se acordó de decirle, a lo mejor no lo sabían, que un grupo de agentes de la Guardia Civil lo podían recibir a los pies de la valla y darle una paliza casi mortal.

También puede ser que Danny conociera esa posibilidad y que decidiera, de todos modos, arriesgarse.

Sea como fuere, hace unos días optó por saltar la valla sin nada. Sólo vestía unos vaqueros ajados y una camiseta con jirones, ni rastro de una mochila para enseres. Porque no los tiene.

Nadie sabe las penalidades que tuvo que pasar hasta llegar a la valla, a ese alambrado que se pinta para algunos africanos como la puerta del cielo. De hecho, junto a él llegaban otros doscientos. Con historias, seguramente, muy parecidas.

Cuando Danny ya estaba en lo alto de la alambrada, cuando ya había llegado a España, vio que lo esperaban un grupo de agentes con cara de pocos amigos.

Pasó miedo, temía las represalias, e intentó dar marcha atrás. Trató de trepar por la verja, mientras que los agentes de la Guardia Civil le golpeaban con las porras.

A causa de la agresión, cayó desde unos dos metros de altura. Quedó tirado en el suelo de Melilla, inconsciente. Los agentes siguieron golpeándole sin pudor.

Hubo un momento en el que los miembros de las fuerzas del orden dudaron. Quizás pensaban que podía estar muerto, y lo dejaron reposar en una cuneta. Tras unos segundos de descanso, lo cogieron en volandas y lo devolvieron (a través de una portilla), medio muerto, a las autoridades de Marruecos.

Esto no es una historia de lo que podría haber pasado. Esto ocurrió así, tal cual, y la asociación Prodein ha difundido un vídeo en el que se demuestra la actuación de los agentes del orden.

La Delegación de Gobierno de Melilla ya ha dado su opinión sobre el vídeo. Dicen que no, que lo de que lo molieron a palos es pura ficción. Que Danny, el bueno de Danny, estaba ejerciendo “resistencia pasiva”. También, como no podía ser de otra manera, han defendido la actuación de la Guardia Civil.

Hay algo de lo que no se han percatado los responsables de la Delegación de Gobierno. Aquí, los que tendríamos que estar conformes o no conformes con la actuación de las fuerzas del orden somos los ciudadanos. Porque, por si aún no se han dado cuenta, somos NOSOTROS los que pagamos el sueldo de los agentes de las fuerzas del orden.

Nos suben los impuestos y llegamos a fin de mes como podemos para mantenerlos. También para pagar el sueldo del Presidente, de los Ministros, de los tropecientos mil asesores, de los chóferes y de los asistentes. Financiamos el combustible de los coches oficiales, la factura de los teléfonos móviles y la compra de los iPad (sí, de esos que pierden no sé cuántas veces al mes).

El caso es que yo, ciudadana de a pie que paga sus impuestos, no estoy conforme con la actuación de estos agentes de la Guardia Civil. Y no hablo del Cuerpo en general, hablo de este grupo de trabajadores que “actúan” en el vídeo.

Yo no estoy conforme con que muelan a palos a un inmigrante a las puertas de España y lo devuelvan, medio muerto, a Marruecos.

A lo mejor es porque yo he sido un “Danny” de primera división.

Yo he sido inmigrante. Sólo que no tuve que saltar vallas, viajé con un billete barato. Yo no llevaba unos vaqueros ajados y una camiseta con jirones, yo lucía un peto “Pepe Jeans” y una maleta de más de veinte kilos llena de ropa y abalorios. Yo no tenía que ganarme la vida, yo iba a estudiar y a beber pintas de cerveza hasta que mi estómago dijera basta. Yo no iba a vivir en un piso patera, iba a quedarme en una casa victoriana con un puñado de amigas.

Pero lo he sentido. He sentido el rechazo de los que viven en un país que se cree superior al mío. A mí no me apaleó ningún Guardia Civil, pero una señora en el supermercado me dio golpes con su carrito de la compra y me dijo que era una “fucking Spanish” que quería robarle su trabajo. A mí me han rechazado en entrevistas de trabajo porque mi nombre no es Susan Smith.

A mí, lo único que me dejaban hacer en un país que se cree superior al mío, era poner kebabs en un puesto que olía a fritanga, limpiar el culo a un niño de dos años y levantar cajas llenas de ropa que pesaban más que yo.

Así que yo no estoy conforme con la actuación de esos agentes. Es más, estoy avergonzada de que vivan con un sueldo que les pago de mi bolsillo y, si fuera posible, les retiraría hasta el último céntimo que depende de mí.

Yo quiero que Danny salte la valla.

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