La piel de Mario Vaquerizo

El marido de Alaska, Mario Vaquerizo, es un experto en atolondrar a la ciudadanía.

Lo hace a menudo en ese “reality” que muestra la vida de la pareja (o mostraba, no sé si se sigue emitiendo) y ayer volvió a hacerlo en “El Hormiguero 3.0”.

Entre un montón de afirmaciones estúpidas y vídeos que demostraban su bajo nivel de inglés y sus escasos conocimientos en geografía, soltó una perla por esa boca que ha puesto en pie de guerra a los señores y señoras animalistas de España: “No hay que matar animales, pero llevo abrigos de piel por estética”.

No se enfaden, señores y señoras animalistas de España, porque no pienso que Mario Vaquerizo diga la verdad. El vocalista de las “Nancys Rubias” es un lobo listo en la piel de un cordero medio lelo. Y lo es, señoras y señores, porque sabe que en España vende muchísimo ser un ignorante que sale por la tele.

No hay otra forma de explicar que un tipo que se gana la vida como manager (y también como “marido de”, por qué no decirlo) no sepa que la capital de Colombia es Bogotá. O que “hello” es “hola” en inglés.

Ser tonto de remate está muy de moda en este, nuestro país. Si tienes la suerte de tener un bobo entre las filas de tu programa, serás líder de audiencia casi seguro.

Es una tendencia que empezó con Belén Esteban, alzada “Princesa del pueblo”. ¿De qué pueblo?

No es princesa para todos los habitantes del reino. Sólo es un líder para dos sectores de la ciudadanía:

1. Para las mujeres de cierta edad que no tienen mucho que hacer y que se divierten con sus historias y sus lloros. La mayoría, todo sea dicho de paso, no saben que buena parte de su histeria (por lo menos hasta hace poco) podía estar relacionada con el consumo sin medida de estupefacientes.

2. Para las jóvenes de este país que no hacen nada, ni se han molestado en formarse, y que consideran que podrán llegar a lo más alto con un buen polvo. Si ya termina en embarazo, y te sale una Andreíta, el chollo está asegurado.

No soporto a Belén Esteban y cambio de canal cada vez que asoma en la pantalla pero, lo reconozco, durante unas semanas estuve enganchada al “reality” de Mario y Alaska. Me gustaba verlos en ese piso de Malasaña, con una decoración muy Kitsch. Me relajaba ver a dos personas en una nube de lujo, alejadas de los problemas corrientes de la crisis y derrochando dinero como quien tira confeti en una fiesta de cumpleaños.

Dejé de seguirlos por culpa del lobo listo (con piel de cordero lelo). Porque el hombre se gastó unos veinte mil euros en un par de cazadoras y dijo que así  aseguraba dos puestos de trabajo en la tienda en la que las había comprado.

Me pareció que ya había superado mi umbral de aguante. Ya no podía aguantar más a un tipo tan listo que se hace el tonto de remate.

Y conste, que yo llevo tiempo haciéndome la tonta de capirote. Pero de una forma mucho más recatada y sin que me siga media España.

Lo hago porque un tío mío me lo dijo, siendo yo muy joven: “Tu hazte la tonta, guapa. Que así nadie te pregunta”.

Además, y esto lo sé ahora, los lelos están de moda.

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