El niño con súperpoderes

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Hasta hace cuatro meses, yo era una persona a la que no le pasaban cosas excepcionales. Sí, tengo un novio ideal y un trabajo que podría estar peor. Tengo una salud relativamente buena y un coche que mola mucho. Pero jugaba a la baraja de la vida con unas cartas muy corrientes.

Todo cambió en junio, cuando me convertí en la mamá de acogida de Hache, un niño con súperpoderes. Es bielorruso y, obviamente, su nombre no es Hache. Pero le llamaré así porque no le gustan las exposiciones tan públicas.

Hache llegó a nuestra casa a través del programa de acogida de la asociación asturiana “Humanitarios con la infancia”.

Antes de que llegara, mientras que hacíamos el papeleo y comprábamos el billete de avión, la gente de nuestro entorno empezó a hacer una investigación por su cuenta.

¿Por qué una pareja, en la que la mujer tiene menos de treinta años, opta por la acogida?

Algunos llegaron a preguntarme, sin miramientos, si yo no podía tener hijos “míos” (creo que querían decir biológicos). Dije que sí tantas veces, juré y perjuré tanto sobre la fiabilidad de mi útero, que estuve a punto de pedir un certificado a mi ginecóloga que me acreditara como “apta” para procrear.

Lo dejé correr porque, bien mirado, a la única a la que le importa mi nivel de fertilidad es a mí. Y a mi pareja. Quizás también a Hache, si algún día nos pide un hermano español.

Cuando ya estábamos hastiados de las dudas, de las preguntas indiscretas y de las desconfianzas de nuestros conocidos, Hache llegó al aeropuerto de Bilbao.

Tenía una sombra de duda en la cara la primera vez que nos vio. Pero se le disipó enseguida, en cuanto le entregamos un peluche de “Bob Esponja” y una bolsa de chuches.

Ese es tu súperpoder más valioso, Hache. La vida te ha tratado mal, lo sabes, pero tú sigues fiándote del destino, buscando a tientas hasta que das con la gente buena del mundo.

Nunca pierdas ese don, porque te llevará muy lejos.

Tienes ocho años, pero te repito que eres sobrenatural. Sólo así se explica que tengas esa capacidad de aprender, esa fuerza en la adversidad y esas ganas de vivir. Por mucho que la vida te haya dado la espalda.

Aprendiste muy rápido cómo funciona el engranaje de este hogar, tu hogar. Supiste enseguida que a tu papá de acogida no le gusta comer mientras ve la televisión, que yo necesito una hora de tranquilidad diaria y que “dedushka” (abuelo) Luis tiene más paciencia que “babushka” (abuela) Aurora. También comprendiste rápido que tus “diadia” (tios) Luis, David y Javi te quieren mucho y que tienes un montón de “tías” postizas (Katia, Isa, María, Vane, Carol, Raquel… Y un largo etcétera) que te adoran.

Muchos nos agobiaron con tu partida, Hache. Nos decían que iba a ser horrible. Pero no sabían de lo que hablaban. Fue mucho peor.

Cuando te vi entrar en el control del aeropuerto, tan pequeño y tan valiente, sentí que el corazón se me partía en dos. Supe que una parte de mi alma estará siempre en Bielorrusia, o donde quiera que tú estés, y otra se quedará en tierra firme.

Ahora falta menos para que vuelvas. Estarás aquí en Navidad. Ya estamos preparándolo todo y contamos los días en el calendario. Te esperamos con el ansia que se espera a un hijo, pero no sabes cuánto nos gustaría estar contigo para defenderte de todo lo malo de la vida.

Sé que muchos te van a decir que no soy tu mamá, que tener una “mamá de acogida” es de segunda división. Tienen razón, pero sólo a medias.

Hache, yo no soy tu mamá. No te he llevado en mi útero nueve meses, ni he sufrido los dolores del parto para traerte al mundo. Ningún juez me ha dado tu custodia.

Hay pocas madres que sufran por un hijo de ocho años que está a más de 3.500 kilómetros de distancia. Pocas mamás lo darían todo por un niño al que no las une un vínculo de sangre . Un lazo que dicen que es inquebrantable.

Tienen razón, Hache. No tienes una mamá. Tienes mucho más que eso.

8 comentarios en “El niño con súperpoderes

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