Adiós, tía Luisa

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Hoy murió mi tía Luisa. La mujer que me enseñó que la feminidad nunca está reñida con el feminismo.

Mi tía Luisa era hermana de mi abuela Azucena y mi tía Irene. Tres mujeres rodeadas de varones, tuvieron en total cinco hijos, y que me enseñaron -junto a mi abuela Eladia y mi madre- más de feminismo que Simone de Beauvoir.

De mi tía Luisa no heredé la figura esbelta, en el reparto de ADN me tocaron las formas redondeadas de Irene y Azucena.

Sí heredé su gusto por lo bonito. Nunca la vi despeinada y siempre adornaba las orejas con dos perlas. Olía a un perfume fino que se ahogaba en una chaqueta de punto tan cuidada como su piel.

Así me gusta recordarla. Tenía 98 años, los últimos tres los pasó postrada en una cama. Con un corazón cansado de tanto latir. Por todo y por todos. La mina le quitó a su marido recién casada, embarazada del que fue su único hijo.

Peleó como una leona que nunca descuidaba sus uñas. Pienso en todas las veces que la vi levantar cargas que duplicaban su peso frágil. Todos los abrazos de tranquilidad. Hasta que cayó en esa cama, me leía a diario. Y todas sus amigas de la residencia sabían que la hija de su sobrino trabajaba en el periódico.

Le debía poco a la suerte, pero nunca le vi el rictus serio.

Estoy orgullosa del temperamento tenaz que heredé de Azucena, mi abuela. De la bondad de Irene, que llevo en la carga genética. Aunque, confieso a regañadientes, me cuesta más derrochar como ella lo hacía. Sin medida, creyente de que lo bueno en el mundo es un recurso renovable.

Pero pienso que podría haber aprendido un poco más de la entrega de mi tía Luisa.

A veces escucho esos discursos vacíos de feminismo de algunas influencers y recuerdo a mi tía Luisa.

Cómo me mecía y me contaba que ella me había dormido en mi primera noche en la tierra. Ella acompañó a mi madre, su sobrina política, en el hospital.

Peleó por quitar todos los sufrimientos a las mujeres que la rodeábamos. Era una matriarca, y aplaudía a las demás. Nunca la escuché criticar a otra, ni siquiera en esas conversaciones a media voz que llegaban desde la cocina de mi abuela.

 Toma nota Dulceida, eso sí es sororidad.

Hoy murió mi tía Luisa. La mujer que me enseñó que la feminidad nunca está reñida con el feminismo.

Re-violadas

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Infantilizadas. “¿Pero vas a ir tu sola?”. “¿Y tu marido te deja ir?”. “A ver qué haces esta noche”. “Tu no sabes hacer eso”. “No podrás conseguirlo”. “Te lo digo por tu bien”.

Apartadas. “Noche de hombres”. “Vamos de putas y lo hablamos”. “Redúcete la jornada, mujer”. “¿No puedes pedirte una excedencia?”. “¿Seguirás trabajando cuando nazca el crío?”. “¿Qué sabes tu de deportes?”.

Juzgadas. “La de las tetas grandes”. “Una gorda follable”. “Demasiado flaca”. “Guarra”. “Se la tiraron los dos”. “Puta”. “Ni con un palo”. “¿Dónde vas así vestida?”. “Muy feminista, pero bien que se maquilla”. “Estabas mejor con el pelo largo”. “Haz deporte, que eres muy guapa de cara”. “Es fea, pero folla de puta madre”.

Desprotegidas. “¿Qué ropa llevabas?”. “¿Por qué volvías sola a casa?”. “Rubia, te daba hasta en el carné de identidad”. “¿Dónde vas tu tan sola, guapa?”. “Un cubata más, y esta cae”. “¿Cuánto habías bebido?”. “¿Por qué no subes a mi casa?”.

Violadas. “Seguro que ella se lo buscó”. “Andan calentando y luego se quejan”. “Pues si no dijo que no, es que sí”. “Lo que le jodió fue que le robaran el móvil, de lo otro no se queja”. “Yo a él lo conozco, es buen chaval”.

Re-violadas: “La Audiencia de Navarra deja a La Manada en libertad provisional”.

No es por el máster

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No es por el máster.

En serio, Cifuentes, el máster nos da igual.

No es por el máster. Al menos, no por tu máster. Sí puede ser por el mío, que tuve que pagar a plazos y que me quitó todo el tiempo libre del último año porque trabajo más de ocho horas. Y que, desde luego, no me ha servido para nada. O por el de todos los que lo están haciendo con la esperanza de un futuro laboral que casi seguro no tendrán. O por todos, y esto es lo peor, los que no pueden pagárselo.

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