Me acuerdo de ti

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SEX AND THE CITY 2, from left: John Corbett, Sarah Jessica Parker, 2010. ph: Craig Blankenhorn/©Warner Bros./courtesy Everett Collection fotograma 249/cordon press

Me acuerdo de ti.

 

Y no lo malinterpretes. Porque esto no es una declaración de intenciones, ni un perdóname. Y me atrevo a decírtelo solo porque tú sabes de sobra que no me gustan las dobleces.

 

Que si esto fuera un “te quiero de vuelta”, te lo escribiría.

 

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Tendrás que entenderlo

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Tendrás que entenderlo.

 

Que todas las noches, cuando todos se van a la cama, yo encienda un cigarro secreto entre tu y yo. La broma de fumar un Camel mientras leíamos “Los puentes de Madison”.

Sin saber que había tanto tuyo y mío en esas líneas.

Sin saber que, un día no muy lejos de esa cama siempre revuelta, yo preferiría un edredón cubierto por seis cojines. Los que retiro todas las noches y coloco todas las mañanas. Sobre los que reposo todos nuestros recuerdos.

Tendrás que entenderlo.

Que mientras fumo ese cigarro nuestro, escuche nuestra canción. Y yo, que no sé nada de música, pueda poner a cada acorde un gesto tuyo. Un abrazo, una sonrisa. Que te vea cantando “I wanna hold your hands” en un bar que ya no existe. Y que pueda sentir cada detalle de aquel día que te quitaste el jersey de lana marrón y me lo pusiste encima de los hombros porque yo tenía frío.

Tendrás que entenderlo.

Que apago esa colilla y me pregunto si tu también tienes en casa una habitación para la niña. O para el niño. Tu que tanto me dijiste que sería una gran madre, pero nunca me pediste que lo fuera contigo. Tu que tanto decías que un día cogerías una moneda y la tirarías sobre el mapa. Y que, donde cayera, ahí me llevarías.

Tendrás que entenderlo.

Que recoja el lavavajillas y que mire el anillo del anular. El que otro me dio cuando yo ya estaba cansada de esperar por el tuyo. Que, al final, sintiera tanta pereza en esa cuerda floja tuya. Y que ahora, en cambio, daría mucho por un rato de tus malabarismos.

Tendrás que entenderlo.

Que te recuerde después de tantos años, de tantos viajes, de tantos sueños. Y que tu sigas siendo el mío.

Que te pida perdón porque, cuando me piden una historia bonita, yo solo puedo contarte a ti.

 

Soy yo

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Así que esa mujer, delante del espejo, soy yo.

Miro mi escote, pálido y salpicado de pecas, después de tantos años tapado. No es que nadie me obligara a abrocharme el último botón, pero el paso de los años me había gritado siempre que fuera invisible.

Primero cuando le conocí a él, en aquella fiesta a la que había ido solo por compasión. Por no dejar sola a Alma, que siempre me rogaba por un baile más.

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Esto también pasará

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Hace catorce años me enamoré de Grecia y de un griego. Da igual el orden.

Sí importa el final: los países se me dan mucho mejor que los hombres.

Quizás por eso siempre llevo a Grecia, su forma de vida, su recuerdo conmigo. Y al otro ni lo pienso.

Me acuerdo mucho estos días de Stavros. Stavros era un señor calvo y barrigón, tendría unos ochenta años, que atendía un “períptero” que había cerca de la casa en la que yo estaba.

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A 2020

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A 2020 le pido poco. La ambición me parece ya agotadora.

 

Le pido el equilibrio que parece llevar hasta en su alma: 20-20. Tranquilidad, calma, armonía. Una señal, si no es mucho, para saber que estoy donde tengo que estar. Que mi casa huela a café, que sea la parada para dejar de jugar al escondite. Estar a salvo.

Le pido amor. Pero no el amor de los tópicos. Ni el que escribió Shakespeare, ni el que escribe Nicholas Sparks.

Un amor que solo me devuelva lo que le doy. Lo malo, por qué no. Pero también lo bueno. Que me quieran porque sí. No por pena, no por devoción, no por cargo. Que sea inexplicable.

Le pido estar bien. Que no me ahogue, que no me asfixie, que no me tiemble.

 

Que me abrace, que me consuele. Que me entienda. Que no me quite ni un pilar, que no me guarde despedidas.

 

Le pido seguir contando historias.

Porque, al fin y al cabo, son lo único que queda cuando todo lo demás falla.

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Que no me quite las ganas ni la fe. La esperanza, un poco de alegría y recuperar el mejor don que recuerdo de mi mini-yo: la capacidad de ver lo bueno que hay en las personas.

 

Le pido, sobre todo, la fuerza para empezar de nuevo.